domingo, 2 de marzo de 2014

Cielo y Tierra

* Cielo y Tierra *

          El sol se está acercando a su cenit. Las piedras de la rivera se tornan amarillentas y el agua, a tramos, casi desaparece fundida con el resplandor. Los verdes de las huertas parecen apagados, vencidos por la luz que todo lo deslumbra.

          Manuel, azadón en mano, está cavando una acequia y el sudor le gotea frente abajo. Se quita su sombrero de palma, compañero inseparable, y se seca la cara y el cuello. Decide refrescarse y agachándose hacia el agua, hunde en ella sus manos y brazos con deleite.

          Se dirige al chamizo que le sirve de refugio y saca una vieja petaca. Enciende su cigarro y espera. Sabe que de un momento a otro sonarán campanas. El Ángelus. Y prepara su mente para, igual que hizo el ángel, saludar él también a La Señora.

sábado, 22 de febrero de 2014

Desde un verso prestado

* Desde un verso prestado *


Sé que hay estrellas, luminosos mares de fuego,
pero todas pueden brillar en unos ojos.
Sé que hay océanos de aguas insondables,
pero todos están en una gota de rocío.
Sé que la música empieza donde acaban las palabras,
pero la música calla ante el canto de un pájaro.
Sé que no hay nada tan profundo como el alma,
pero hasta ella puede llegar un poema
o la sonrisa de un niño
o una flor
o una lágrima.


sábado, 16 de noviembre de 2013

Mi Yo

* Mi Yo *

Hoy quiero relatar en un soneto
la historia de mi humilde biografía.
Tan poco hay que contar, que se diría
que no es grande el empeño en que me meto.

Gocé la luz en el paisaje escueto
de un pueblo de la baja Andalucía,
allí donde su rica minería
a Argantonio colmó con sus secretos.

Mi crianza ocurrió en La Villa y Corte.
Alumna fui de Don Gerardo Diego.
Y poco más habrá que a alguien importe.

Hija, esposa, mamá y abuela luego.
Con buen temple soporto los recortes
y procuro reírme cuanto puedo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Noche de Verano

* Noche de Verano *

La noche de verano abrasadora
a los dos de la cama nos ha echado.
Tú abandonas tu cuerpo desmayado
en brazos de la vieja mecedora.

Esperando el alivio de la aurora
tu pecho de la seda se ha escapado.
Yo te miro absorto y asombrado
ante tanta belleza turbadora.

El néctar de tus labios me provoca,
la noche perfumada me enardece
y me acerco al cáliz de tu boca.

Tú, al mirarme, ardiente te me ofreces
y apuramos hasta la última gota
de este amor que a los dos nos enloquece.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El chico de la ventana

* El chico de la ventana *
(propuesta de un relato a partir de una foto)


           Conocí a Luis de un modo casual.

           Yo estaba en una cafetería con amigas y al mirar distraída a mi alrededor, vi que la mesa junto a la ventana estaba ocupada por un chico. No le veía bien, pero podía percibir en su cara un gesto de tristeza que me conmovió. Al acercarse el camarero volvió la cabeza y levantó la mirada hacia él. Entonces le pude ver bien y pensé que nunca había visto un hombre tan guapo.

           Yo seguía hablando con mis amigas, pero mis ojos se iban inevitablemente al muchacho de la ventana. Por un momento se cruzaron nuestras miradas y me pareció que me sonreía y yo le sonreí a mi vez. Al poco rato se levantó para marcharse, y al pasar por mi lado me hizo un leve gesto de despedida, casi imperceptible, al que yo contesté.

           Aquel hombre se convirtió en una obsesión para mí. Lo buscaba por las calles, ojeaba dentro de los cafés y hasta en el Metro me pareció encontrarlo más de una vez.

           Un día me decidí a volver a la cafetería donde lo había visto por primera vez, y allí estaba él, en la misma mesa y mirando por la ventana. Ocupé otra mesa junto a la suya y, sin saber muy bien qué hacía yo allí, pedí un té y esperé. A los pocos minutos, él volvió la cabeza y me vio. Su rostro pasó de la sorpresa a la sonrisa y levantándose dijo:

           --- ¿Me recuerdas? Nos vimos aquí mismo hace unos días.

           Y sin más preámbulos, cogió su taza, la puso sobre mi mesa y se sentó frente a mí.

           Rompimos el hielo charlando de banalidades y pude observarlo bien. Tenía el pelo castaño claro, la piel algo tostada y unos ojos indescriptibles. A primera vista parecían azules, pero dentro del azul había un abismo de brillos metálicos tan grises como una lámina de acero pulido. Creo que me enamoré del todo en aquel segundo encuentro.

           Salimos del bar y paseamos toda la tarde y la tarde siguiente y muchas otras más.

           Luis me explicó un día el motivo de su tristeza. En cuestión de amores, parecía perseguirle una sombra negra, pues
había tenido dos novias formales y las dos habían fallecido en desgraciados accidentes. Yo me había convertido en su refugio y su consuelo, pues cuando nos conocimos estaba destrozado.

           --- No sé que habría sido de mí sin tu apoyo --- me decía agradecido y me besaba las manos mientras clavaba en mis ojos aquella extraña mirada suya que me enloquecía.

           Poco a poco, nuestra amistad se fue convirtiendo en algo más hondo y él así me lo confesó. Supongo que ya se había dado cuenta de que yo moría por él.

           Un día me propuso ir de excursión a un pueblo de la sierra donde había un pantano de aguas limpias y cristalinas que invitaban al baño. Preparamos la merienda y, provistos de bañadores y toallas, nos encaminamos hacia allí dispuestos a pasar un hermoso día de verano.

          ¡Qué lugar tan lindo! Yo había oído hablar de él pero no lo conocía.
Arrimamos el coche a una sombra y acampamos lo mejor que pudimos.
Pasamos un día delicioso bañándonos, paseando y haciendo proyectos para el futuro. Contemplamos la puesta de sol estrechamente abrazados y él tuvo una gran idea.

           --- ¡Vamos a bañarnos una última vez!

           Acepté riendo y me lancé la primera al agua. El me siguió y al alcanzarme me abrazó y me besó de nuevo. Aquel beso me pareció eterno. Sus brazos me amarraban y sus ojos muy cerca de los míos brillaban como el acero.
Me dejé llevar por aquella pasión y creí morir. Pero resulta que morí de verdad porque me ahogué. ¡Qué lástima haber estropeado un día tan bonito!

La Casa de los Tilos

* La Casa de los Tilos *

           Yo solía pasar las primaveras en un pueblecito serrano al pie de Guadarrama. Los médicos me aconsejaban hacer estas curas de reposo y aire puro que restablecían mi frágil salud después de los crudos inviernos de Madrid, y este pueblo era un remanso de paz y belleza, donde mis pulmones recobraban algo de su capacidad. Allí, apoyado por una buena alimentación, fortalecía mi cuerpo a la vez que enriquecía mi espíritu durante mis largos paseos por el bosque.

           Aunque no muy a menudo, solía escribir a algún amigo de los de la tertulia del café y siempre regresaba a la capital con un cuaderno lleno de bosquejos para relatos y cuentos que serían terminados en casa.

           Me alojaba en la fonda “La Imperial”, y tanto los dueños como el servicio, me trataban con el mayor cariño y cortesía que se puede ofrecer a un forastero. Mis días eran rigurosamente iguales y apacibles, en parte por prescripción facultativa y en parte porque allí había pocas distracciones mundanas.

           En las mañanas, después del desayuno, emprendía mis excursiones campestres, unas veces hacia la umbría del sotobosque y otras hacia el río, donde el rumor de las aguas purísimas rebotando sobre los cantos rodados de su lecho, hacía las delicias de mi oído y me provocaba ensoñaciones a las que, a mi pesar, soy tan aficionado.

           Cuando salía del pueblo para dar mis paseos por el bosque, bordeaba una casa que me tenía intrigado. Se trataba de un viejo caserón de piedra gris, propia de aquellas sierras, que por su aspecto de palacete debía haber pertenecido a alguna familia muy acomodada. La rodeaba una balaustrada, también de piedra, que cerraba un jardín totalmente abandonado. Los parterres habían desaparecido y sólo quedaban unos hermosos árboles que con la naciente primavera empezaban a echar yemas y brotes prometiendo un verano sombreado y acogedor para las personas que hubieran vivido allí.

           Yo pensaba que conocía a todas las familias relevantes del pueblo y no creía que ninguna de ellas tuviera el estatus suficiente para ser o haber sido nunca los propietarios de tal mansión. Siempre que pasaba por allí me paraba delante de la casa a curiosear con interés, no solo por su austera y romántica belleza sino también porque siempre encontraba algún detalle que me la hacía parecer misteriosa e inquietante.

           Un día, durante el almuerzo, pregunté a la dueña de la fonda de quién era aquella casa. Me contestó que la casa había sido de una familia de Madrid, quienes pasaban allí sus veranos. De eso hacía ya mucho tiempo, pues ella la había visto siempre tal como estaba ahora. Su madre había conocido a la familia que pasaba allí los meses de calor y se trataba de un matrimonio con una hija. Parecía ser que la hija enfermó y en el pueblo se dijo que había fallecido. Lo cierto es que el matrimonio nunca volvió por allí y la casa quedó abandonada. Nadie había entrado allí nunca y nadie sabía el estado en que estaba la casa por dentro. Le llamaban “La Casa de los Tilos” por los árboles que, erguidos y nostálgicos, habitaban el jardín.

           Silencié mis intrigados pensamientos y al día siguiente volví a pararme delante de la casa. Sorprendentemente, encontré una ventana abierta por donde el aire fresco de la mañana mecía unos bellos visillos de encaje de un blanco inmaculado. ¿Quién abrió aquella ventana? Al lado de la puerta de entrada a la casa un rosal trepaba agarrado a la pared y parecía tener unos capullos sanos y con ganas de despertar. ¿Quién sembró aquella planta? Los bancos del jardín estaban cubiertos de hojarasca. Todos menos uno. ¿Quién limpió aquel banco?

           Intrigado seguí mi camino dando vueltas a mi cabeza y tratando de encontrar respuesta lógica a todas mis preguntas. Cuando regresé de mi paseo volví a detenerme delante de la casa y constaté que la ventana del visillo de encaje estaba cerrada, no había ni rastro del rosal de la entrada y el viento de la sierra había vuelto a amontonar hojas encima del banco limpio.

           Fue entonces cuando empecé a pensar que aquel era un buen tema para un cuento fantástico. Durante la siesta puse en limpio mis notas y las pasé al cuaderno donde reposaban mis ideas para relatos, a la espera de que el hada de la inspiración les hiciera tener un final apasionante.

           Tan obsesionado estaba con aquella historia que aquella noche, clara y templada, no pudiendo resistir la tentación, me dirigí lentamente hacia la Casa de los Tilos. Una luna esplendorosa iluminaba el edificio y arrancaba destellos a la piedra gris de su fábrica. Busqué ansioso la ventana del visillo de encaje y la hallé entreabierta. Una luz muy tenue, como de una vela, marcaba levemente el encuadre de la ventana. Casi como un autómata me dirigí hacia la puerta de entrada a la casa, que también encontré parcialmente abierta.

           Al empujar la puerta, un recuadro del interior quedó iluminado por el resplandor de la luna y libre de la oscuridad que invadía el resto de la casa, pero al mirar hacia arriba, vi una luz saliendo de una de las habitaciones del piso superior.

           Sin ninguna consciencia por mi parte, mis pies me dirigieron hacia la escalera y llegué hasta la puerta que tanto llamaba mi atención. Golpeé con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrí de par en par. Para mi sorpresa me encontré ante una estancia perfectamente amueblada y cuidada, sin duda la alcoba de una mujer, pues que tantos eran sus detalles femeninos de una belleza exquisita. Bordados y encajes competían con el delicado cristal de las lámparas y con la plata antigua de marcos de fotos y piezas de tocador, y flotando en el aire pude percibir un fuerte aroma de rosas. Pero lo más sorprendente fue encontrar una figura totalmente vestida de blanco, cubierta la cabeza con un espeso tul que apenas dejaba adivinar sus facciones. Estaba sentada ante un pequeño escritorio, sostenía una pluma en la mano y, delante de ella, un cuaderno abierto con sus páginas desnudas parecía esperar el alegre cosquilleo de aquella pluma.

           En medio de mi confusión y aturdimiento, una voz de mujer me dijo estas palabras:

           --- Te estoy aguardando desde hace días. Parece que te ha costado trabajo decidirte a entrar en la casa.
           --- Pero… ¿quién eres y de qué me conoces? – balbucí asombrado.
           Pude adivinar una sonrisa en la cara de la dama mientras respondía:
           --- Soy tu imaginación. Llevo algún tiempo rondándote para que te decidas a escribir ese hermoso relato que llevas dentro, pero no puedo ayudarte mientras que no dejes de soñar y te decidas a enfrentarte con el trabajo. De poco te sirvo yo si tú no colaboras con tu esfuerzo personal.
           --- Entonces… -- musité mirando a mi alrededor.
           --- Sí, en efecto. Todo esto que ves lo has creado tú a partir de algo tan simple como un caserón vacío en un pueblo cualquiera. ¿Lo entiendes ahora?
           Afirmé con la cabeza y, al hacerlo, sentí un vértigo extraño que me hizo tambalear y caer torpemente sobre el escritorio. Y perdí el conocimiento.

           Al despertar, mi cabeza seguía dando vueltas y era incapaz de fijar en mi mente ningún pensamiento. Me encontraba acostado en una habitación extraña y alguien sollozaba a mi lado. Cuando se me fue aclarando la vista, descubrí a la persona que lloraba. Se trataba de Matilde, mi buena ama de llaves, quien había cuidado de mí desde que siendo muy joven perdí a mis padres. A su lado había dos figuras de blanco y a los pies de la cama estaba mi primo Juan. Poco a poco fue estabilizándose mi mente y pregunté:

           --- ¿Dónde estoy y qué me ha pasado?
           --- ¡Ay, Don Ramón, mi niño, qué susto nos has dado!
           Matilde, agarrada a una de mis manos, me la cubría de besos.

           --- Pero… ¡por Dios bendito! ¿Quieren decirme ustedes dónde estoy y qué me ha ocurrido?
           --- Cálmate, Ramón. Estás en una clínica de Madrid y has sufrido un accidente – habló entonces mi primo.
           --- Pero… ¿yo no estaba en la Sierra?
           --- Allá te fuiste, sí, pero a los pocos días nos avisaron que habías tenido un grave percance. Ocurrió en el río. Al parecer, cruzando la ribera resbalaste y caíste para atrás. Te diste en un mal sitio y creímos que te íbamos a perder, pero has demostrado ser un hombre más fuerte de lo que creíamos y, casi por ti mismo, has salido del trance.

           De repente, apareció en mi mente la imagen de La Casa de los Tilos y su habitación encantada, y pregunté con temor:

           --- Entonces… ¿cuántos días he estado fuera?
           --- Apenas dos semanas. Aquí llevas casi un mes prácticamente en coma.

           El dueño de una de las batas blancas se acercó y me dijo:
           --- Ha estado usted realmente enfermo y necesita descanso y silencio. Trate de relajarse y no pensar. Su cabeza ha sufrido un serio traumatismo y sólo el descanso de su mente le ayudará a recuperarse del todo.

           Mis visitantes fueron desapareciendo ante la orden del doctor. Mi vieja ama se negó a irse y se sentó apartada y paciente a velar mi sueño, como siempre lo había hecho cuando era niño. Poco a poco, me fui quedando plácidamente dormido entre los susurros de los rezos de Matilde y un lejano aroma de rosas que me hizo sonreír. En mi pensamiento y entre la dulce niebla que me iba invadiendo, se abría paso una certeza: mi relato estaba ya concebido en mi mente y dispuesto a ser trasladado al papel, pero sólo yo conocería la verdad de cómo y por qué se escribió “La Casa de los Tilos”.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Blanco sobre blanco

* Blanco sobre blanco *

Sábanas blancas bailando
en las blancas azoteas.
Un barco de velas blancas
por la ría cabecea.

La niña mira y sonríe
con unos ojos que sueñan
un blanco traje de novia
entre ramos de azucenas.

En el final de su sueño,
batones blancos esperan
a un niño de piel muy blanca
y pupilas de turquesa.

¡Qué hermoso será mi niño!
¡Qué dulce su risa tierna!

La niña pasa las horas
frente a la mar de su tierra
esperando a un marinero
que en las noches la desvela
con recuerdos perfumados
de salinas y de brea.

Sueña con tocar de nuevo
su pelo de paja seca
y perderse en su mirada,
verde como un mar de hierba.

Y sigue la ropa blanca
bailando en las azoteas.
El viento sur de la tarde
acompaña a la marea.

martes, 18 de junio de 2013

Un día cualquiera en el Paraíso

* Un día cualquiera en el Paraíso *

          Adán y Eva paseaban distraídos por el jardín. Estaban desnudos e inconscientes, ajenos a la importancia que todas sus acciones podían tener para una humanidad aún por llegar.

          El clima era perfecto, pues así lo había dispuesto su Creador. Una flora hermosa y variada deleitaba sus sentidos y una gran cantidad de árboles frutales les ofrecían sus dones para gloria del paladar. Eran enormemente felices sin saberlo, ya que en una vida ausente de dolor y sufrimiento es imposible el conocimiento de la felicidad.

          El Creador se había esmerado mucho con Adán, y la verdad es que le había salido un “guaperas” de una vez. Buen cuerpo, semblante apacible y una mirada firme y escrutadora que denotaba una inteligencia importante. Eva había sido creada más a la ligera, pero en conjunto no le había quedado mal. Era de estatura más cortita y un cuerpo algo raro, pues le había dado unas redondeces que a primera vista y al lado de Adán podían parecer extrañas, pero cuando se la miraba despacio resultaba graciosilla. A su compañero le chocó un poco su apariencia pero, según se fue acostumbrando, tuvo que admitir que aquellas deformaciones eran lo que más le gustaba de Eva. Por otra parte, había sido dotada de una larga melena de un color rojizo, extraño como toda ella, pero que cuando el sol la iluminaba, despedía unos reflejos maravillosos que la hacían parecer bellísima.

          Aquella tarde en concreto, lucía realmente deliciosa. Adán le había ofrecido una flor, y ella, en un gracioso gesto, la había enredado entre su cabello y le había regalado a él una sonrisa encantadora.

          Mientras paseaban se acercaron a un pequeño montecillo en lo alto del cual había un árbol cuajado de fruto. Se trataba de un manzano y las frutas que colgaban de sus ramas eran una tentación para cualquiera. No sé si eran Royal Gala, Pink Lady o quizá Fuyi, pero lo cierto es que parecían de lo más apetitosas. Eva dio una carrerita hacia el árbol y llamó a Adán:
          --- ¡Fíjate, Adán, qué frutas tan preciosas!
          --- ¡No te acerques a ese árbol! Recuerda que el Creador nos lo tiene prohibido! --- contestó su compañero con gesto de preocupación. Eva replicó inocentemente:
          --- ¡Ah! Pero… ¿era éste?

          Adán pensó que la pobrecilla no tenía la memoria que tenía él y era lógico que no lo recordara.
          --- Pues, la verdad, – prosiguió Eva -- no veo por qué lo ha hecho, ya que parecen tan buenas como las otras. Creo que tú no te has enterado bien.
          Y llegando hasta el árbol estiró el brazo y tomó una rosada manzana. Con ella en la mano se acercó a Adán y le dijo:
          --- ¿Verdad que es preciosa? ¿Cómo puede una fruta tan linda hacer daño a nadie?
          Tomó una crencha de su pelo rojizo y limpió la fruta con ella, pues el Señor había hecho a Eva muy limpia y delicada, y mirando a su compañero con picardía mordió la fruta. Luego, acercándola a la boca de Adán, le susurró al oído:
          --- Muerde donde he mordido yo. ¿Quién se va a enterar?

          Adán experimentó entonces un montón de sensaciones extrañas y desconocidas hasta ese momento. Los ojos de Eva le miraban con una súplica divertida y su pelo rojizo brillaba tanto que casi le deslumbraba. Se sintió desfallecer ante tanta belleza y… mordió la manzana, ¡vaya si la mordió!

          Desde aquel día, la vida cambió para ellos y nosotros, sus descendientes, seguimos pagando aquella manzana que resultó ¡ay!… la más cara del mundo.

lunes, 10 de junio de 2013

El Naranjo de las Rosas

* El Naranjo de las Rosas *

          En la antigua ciudad de los sueños había una calle muy especial. Era corta y sombreada, con ambas aceras bordeadas por naranjos, copados y robustos, que al llegar la primavera se cubrían de pequeños ramilletes de flores de azahar. Entonces aquellos árboles esparcían por el aire un fino e hipnótico perfume que hacía las delicias de los habitantes de la hermosa ciudad.

          Uno de los naranjos de aquella preciosa calle estaba situado frente a una pequeña casita a la que se entraba cruzando un patio enlosado en color rojo.
El patio se cerraba a la calle por medio de un enrejado metálico, y enredado en él, crecía un rosal trepador. Al acabar el invierno, el rosal despertaba y se cubría de hojas y capullos que poco a poco se abrían al calor del sol. Entonces, un manto blanco cubría el enrejado del patio haciendo de aquel rincón un pequeño paraíso.

          En este tiempo, el rosal mantenía discretas conversaciones con su vecino el naranjo, siempre durante las noches, en esa hora bruja en que los duendes se pasean por la ciudad, rociándola con unos polvos mágicos que hacen posible lo imposible y convierten los sueños en realidad. Se lamentaba de que sus flores no tenían perfume y se deleitaba aspirando el aroma del azahar.

          “Si estuvieras un poco más cerca, -- le decía al naranjo -- podría subir por tu tronco y enredarme en tus ramas y así tal vez algo del aroma de tus flores impregnaría mis rosas”. -- Pero el naranjo no podía hacer nada. Se esforzaba por acercarse lo más posible, pero él era sólo un árbol y no podía conseguirlo --.

          Pero ocurrió que una noche, los duendes pasaron por aquella calle y esparcieron sus polvos mágicos por la casa donde el rosal crecía. Allí vivía un alma buena y sensible que al despertar por la mañana comentó a su familia: “¡Qué sueño tan bonito y extraño he tenido esta noche! Soñé que el rosal y el naranjo eran una única planta y que florecían a la vez, enredados el uno en el otro”. Salió al patio y se quedó mirando al rosal pensativamente. Se acercó y trató de encontrar la punta de una ramita que le sirviera para el plan que estaba trazando en su mente.

          Después de varios y molestos pinchazos, encontró una rama medianamente larga y atando un fino cordel a su punta, lo lanzó hacia lo alto del naranjo y, una vez conseguido, lo sujetó bien, manteniendo en el aire la joven ramita del rosal. A partir de ese momento estuvo al cuidado de que nada ni nadie estorbaran o interrumpieran sus propósitos de unir ambas plantas.

          Vigilaba el patio día y noche, y poco a poco sus esfuerzos dieron su fruto.
Una vez alcanzado el naranjo, el rosal se volvió loco de alegría del modo que sólo las flores pueden hacerlo. Sus rosas aparecían entre el azahar y juntas entonaban un himno a la vida, exuberante y delicioso, que no pasaba desapercibido a las personas que cruzaban por aquella calle.

          Como toda la belleza, la lozanía de aquellas flores fue efímera y en pocos días el naranjo apareció huérfano de adornos. Tendría que esperar al próximo año para ver realizado el pequeño milagro una vez más. Mientras tanto, jugaría con las alegres naranjas en las que el azahar se habría transformado. Ellas alegrarían sus ramas con su vivo color, y al llegar el invierno y mecidas por el viento, le susurrarían quedamente: “¡Espera… espera!”.

          El rosal, por su parte, se quedó sin flores y sin hojas y se sumió en un letargo reparador mientras enredado en las ramas de su amigo, esperaba ilusionado la llegada de la próxima primavera.

viernes, 12 de abril de 2013

Sobre Zapatos

* Sobre Zapatos *

          Una de las prendas fetiche del vestuario de una mujer son sin duda los zapatos de tacón alto. En una película, cuyo título en español es “Pisando fuerte”, uno de los protagonistas, una “Drug Queen”, le dice a otro protagonista, un fabricante de zapatos, mientras sostiene entre sus manos unas preciosas botas altas de charol rojo con unos tacones de vértigo: “¿Sabes lo que es esto?”. El fabricante le contesta: “Unas botas de mujer”. “No, -- responde el primero -- esto son diecisiete centímetros de sexo”. En la película, esta contestación resulta divertida pero es más seria de lo que parece.

          Fue más o menos al cumplir quince años cuando mi madre aceptó comprarme unos zapatos de tacón. Recuerdo que eran marrones y no tan altos como yo hubiera deseado, pero también recuerdo que cuando me los puse me pareció que doblaban mi estatura. Me paseaba por el pasillo encaramada sobre ellos, contoneándome como se lo había visto hacer a Ava Gardner en el cine. No me salía igual pero a mí me parecía el colmo del exotismo.

          Decidí estrenarlos en el primer “guateque” que se organizara y que resultó ser en casa de mi amiga Ana Mary. Solamente en aquella casa y en la mía se preparaban aquellas reuniones, no porque nuestras casas fueran diferentes a las demás, sino porque los padres de Ana y los míos tenían sentido del humor y quizá una mente más amplia que la de los otros padres.

          Aquel día, varias amigas estrenábamos zapatos con un pequeño tacón y nos sentíamos más mujeres que nunca y nos llenábamos de piropos las unas a las otras. En cuanto a los chicos… pues qué queréis que os diga. Ellos, como siempre, rodeaban la mesa de los “emparedados” (en España aún no se conocía el invento del marqués de Sándwich) y apuraban sus copas de aquel “cup” inofensivo que se bebía en las reuniones juveniles de entonces.

          Uno de los chicos, primo de Ana Mary, me invitó a bailar. Yo pensaba: “Paquito se dará cuenta de que mi estatura ha aumentado”. Pues no. Por más que me estiré y me contoneé, él siguió a su bola hablando de cosas intrascendentes. ¡Con el pedazo de mujer que llevaba entre los brazos!

          Decepcionada, me concentré en el baile mientras Nat King Cole repetía torpe y machaconamente: “Ansiedad… de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amor…”

          Me quedaba claro que el tacón de mis zapatos, no era el adecuado.

sábado, 23 de marzo de 2013

Pasopalio

* Pasopalio *

          Llevo esperando mucho tiempo y aún no llega.

          Estoy en una estrecha calle sevillana rodeada de gente que, expectante, aguarda como yo el gran momento con una impaciencia ilusionada que se palpa, que inquieta el espíritu.

          Al fin, se oye una música cercana y un clamoroso silencio inunda la oscuridad de la calle. Por la lejana esquina aparece una nube de luz que da paso a un deslumbrante resplandor. Doblada la esquina, la luz se convierte en llamarada, y entre vahos de incienso un chisporroteo de oros, platas y aire perfumado se acerca lentamente al compás de la música. Pero no la veo.

          El aroma del incienso, el olor de la cera quemada y la fragancia dormida de las flores llegan hasta los sentidos y los invaden, los embriaga, los eleva. Si este olor pudiera llevarse a un perfume yo le llamaría “Pasopalio”.

          Por fin la tengo a mi lado. Las cartelas del costado del Paso discurren tan cerca de mí que puedo tocarlas, pero no lo hago porque este sueño de perfecta belleza podría desvanecerse. La busco entre el segundo y tercer varal y no consigo verla.

          El Paso se va alejando y la cascada de oro y terciopelo del manto parece querer quedarse con nosotros. ¿Qué querrá decirnos? Este lento alejamiento despierta siempre en mí una triste melancolía, como de algo deseado y no alcanzado.

          Pero no te he visto ahí, Miriam, joven doncella de Nazaret, a quien un día visitó el ángel Gabriel para darle la noticia de que sería la madre de un Niño, y que este Niño sacudiría el mundo hasta las profundidades de sus cimientos. Y allí, en tu pequeño aposento, aceptaste confiada la voluntad de Dios.

          Yo te veré en Navidad como todos los años, humilde Barro Divino, rodeada de pastores y aldeanos, acompañada por tu esposo y acunando a tu Niño recién nacido. Yo te pondré, como siempre, un sin fin de angelitos que canten para vosotros, y a tus pies, un pequeño cestillo lleno de tiras de lino para que hagas pañales a tu Divino Hijo. Y te saludaré en silencio con las palabras de Gabriel: ¡Salve, Miriam, doncella de Nazaret, lirio de Judea, predilecta del Señor, la llena de Gracia! ¡Salve!

Recuerdos de Cuaresma

* Recuerdos de Cuaresma *

          Como cada año, la Cuaresma llega puntualmente. Esto de “puntualmente” no me lo aceptaría mucha gente, pues aún, de vez en cuando, escucho yo el comentario de algunas personas: “¿Por qué cambia la Iglesia cada año el principio de la Cuaresma? Así no hay quien se entienda”.

          Pero yo voy a referirme a otra época, a mis años de estudiante. ¡Queridos años… cómo los sigo añorando! En aquel tiempo nadie desconocía el motivo de la variación de fechas de Cuaresma.

          El cura que nos daba la asignatura de Religión durante el Bachillerato y que era el autor de los libros de texto correspondientes, era posiblemente la persona más “plomo” de España. En sus clases, partiendo de sus libros, trataba de explicarnos de una manera clara y convincente las cosas que no tienen explicación posible, ya que pertenecen al mundo de la Fe, y con argumentos descabellados pretendía que nosotras las comprendiéramos igual que el fenómeno de la lluvia o la nieve. Creo que nadie en la clase tenía la menor intención de meterse en esos berenjenales, así que nos dedicábamos mayormente al cuchicheo sobre otros temas más gratificantes.

          Pero llegando Cuaresma, nuestro querido D. Mariano, ayudado por la continua amenaza de las llamas del infierno, realmente se superaba a sí mismo. Lo primero era organizar unos Ejercicios Espirituales en la iglesia más próxima al Instituto. También trataba de indicarnos un conjunto de oraciones para casi todas las horas del día, cosa en la que fallábamos bastante, no sin algún remordimiento, pues las pláticas que nos daban en la iglesia eran demoledoras.

          Pero la peor parte de Cuaresma empezaba la semana de Pasión. En esos días, las oraciones debían ser más continuas y mayor la penitencia, y para hacerla más dura mi madre empezaba a preparar sus recetas tradicionales de aquellas fechas. Aquello era un atentado flagrante y continuo a mis ansias de mortificación y dominio de mí misma. Un olor a torrijas, pestiños, arroz con leche, yemas de coco, almendra, chocolate, leche frita y todas las demás exquisiteces imaginables, perfumaba las escaleras de la casa sin la menor consideración a las posibles intenciones de penitencia de los otros vecinos.

          En aquel tiempo, mis esfuerzos para alcanzar la santidad por la vía de la oración podían resultar así: “Padre nuestro que estás…mira que están ricos los pestiños, y como son tan pequeños no creo que pase nada por comerme otro”. Viaje al comedor y vuelta a empezar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado… las bolitas de coco aún no las he probado. En cuanto acabe este Padre Nuestro me como una”. Y aceleraba al máximo pensando en aquellas delicias cubiertas de azúcar y metidas en su cucuruchito de papel rizado. Y así más o menos transcurrían mis días principales de Cuaresma, entre el confesionario y los dulces de mi madre.

          De todo aquello guardo un recuerdo muy entrañable. Yo no me rebelo contra aquellas costumbres y creencias, sino que las atesoro como una época que me tocó vivir y que no dejó ninguna huella amarga en mi alma. Mis compañeras de Instituto, las pocas con las que aún me relaciono por teléfono, conservan los mismos recuerdos y los miran con igual ternura que los miro yo.

          Afortunadamente, Dios nos dio un cerebro pensante y más o menos inquisitivo, en mi caso muy inquisitivo, y sin necesidad de ayuda, simplemente con las experiencias de la vida, he aprendido lo que en realidad significa la Cuaresma, y trato de vivirla lo mejor que sé y puedo, a lo largo de todo el año.

lunes, 18 de marzo de 2013

La Acequia

* La Acequia *

          Sé que lo único que necesito es que se abra la compuerta, pero no sé por qué la compuerta permanece obstinadamente cerrada.

          Sentada delante del ordenador, me viene a la mente una imagen muy antigua y muy querida que guardo entre los tesoros acumulados de mi infancia. Se trata de una acequia de riego en una huerta de un pueblecito de la sierra de Huelva. Allí, siendo niña, en aquella acequia de la huerta del tío Elías, jugaba a flotar barquitos de papel, “sin nombre, sin patrón y sin bandera”, como canta Serrat.

          Aquel juego me parecía apasionante, y mi prima y yo pasábamos horas entretenidas con él, hasta que terminado el riego, bien empapada la tierra y siempre con la esperanza de una buena cosecha, mi tío se dirigía a un rincón de la huerta y bajaba una compuerta de madera sobre la acequia, con lo cual el suministro de agua quedaba temporalmente desviado hacia otros campos colindantes. Cierro los ojos y puedo oír la música del agua cantando alegremente entre los guijarros del fondo del reguero, y puedo oler ese aroma a tierra mojada, mezclado con el perfume de los melocotones que, lentamente, maduraban en los árboles.

          Aquel pueblecito era para mí, niña de la capital, un lugar de leyenda al que soñaba con volver cada verano. Allí me sentía libre, sin tráfico del que cuidarme al cruzar la calle, rodeada de caras amables y conocidas que al verme de nuevo allí me decían esa cosa tonta que se le dice a todos los niños, sean como sean: “ ¡Pero que guapa estás y cómo has crecido este año!” Mi alma se esponjaba entre aquellas gentes y aquel ambiente de paz y de cariño que, comparado con el ambiente del Madrid de la post-guerra, se me antojaba un auténtico paraíso.

          Pasaban los años, y yo veía llegar el fin de curso con la ilusión y el deseo de volver de nuevo a aquel lugar tan querido para mí, donde el tiempo no parecía tener ningún poder. Pero sí que lo tenía.

          Un verano encontramos que la muerte se había llevado al tío Elías y ahora era su hijo el que manejaba la compuerta de la acequia. El agua seguía corriendo, limpia y cantarina. No era la misma agua, pero su canción sí era la misma y los aromas de la huerta también eran iguales: tierra húmeda, mastranto, frutales, vida… toda la armonía del universo encerrada en un pedazo de tierra.

          Sigo sentada delante del ordenador, esperando y deseando que por mi pobre acequia corra el agua generosa de la inspiración.

viernes, 8 de marzo de 2013

Día de Andalucía

* Día de Andalucía *

          Amanece el día de Andalucía.

          Me levanto temprano porque es una costumbre adquirida a lo largo de los años y que ahora, aunque no me sea necesario, no puedo erradicar. Abro los balcones de mi casa y se me entra por el alma un aire triste, muy triste. Al no ser día laborable no hay un sonido en toda la calle. Ni un coche, ni un niño que, camino del colegio de la mano de su abuelo, le charle aún medio dormido.

          Día de Andalucía. Hace años escuché a Antonio Gala una frase que me conmovió: “Andalucía es una reina, pero una reina descalza, pues no le dejan ni para zapatos”. Creo que la definición es acertada.

          A lo largo de toda su historia, cuantos pueblos han pasado por aquí han venido a llevarse sus tesoros sin darle nada a cambio. Siempre se ha dicho que esos pueblos nos trajeron una gran riqueza cultural, y yo creo que eso no es del todo así. Andalucía los acogió solícita, les abrió sus entrañas, les regaló sus metales, sus aguas, su clima amable, su alegría, su espíritu de tolerancia y, a su vez, se empapó ella misma de los conocimientos que aquellas razas traían. Todo lo que quedó aquí edificado, en ningún modo fue un regalo para Andalucía. Lo hicieron aquellos pueblos para su recreo y conveniencia, y aquí quedó todo cuando fueron expulsados por nuevos invasores. Y vuelta a empezar.

          Hoy,… ¿qué decir del tiempo de hoy? ¿Qué decir de los hombres de hoy? El expolio continúa, y la reina, a falta ya de tesoros, ofrece sus hijos, sus mejores hijos, que tal vez la añoren desde otras tierras.

          De pronto mi casa se ha iluminado. Es el sol, que enamorado, no quiere que hoy su tierra preferida esté triste, y le envía su luz aunque sólo sea un rato. Mis geranios también se alegran y, agradecidos, parecen mirar al cielo.

          Andalucía vuelve a sonreír. ¡Esa es tu fuerza! ¡Ríe! ¡Canta! ¡Baila! ¡No desmontes tu mito! Y cuando tengas ganas de llorar, hazlo a solas, como lo hacen las reinas.

viernes, 1 de marzo de 2013

Violeta

* Violeta *

Se durmió la violeta dulcemente
sobre la verde hierba perfumada.
La aurora que escapaba entre dos luces
se paró conmovida a contemplarla.

Se durmió la violeta dulcemente
sin saber el vacío que dejaba,
que las flores no saben de vacíos
ni de penas que asolen nuestras almas.

Se durmió la violeta dulcemente
y la tierra se revistió de calma
y cantaron los coros celestiales
por un ángel que a casa regresaba.

Descansó la violeta dulcemente…

jueves, 7 de febrero de 2013

Recordando a Elisa

* Recordando a Elisa *

          Corrían los años veinte del mismo siglo cuando Pablo y Elisa llegaron a aquel pueblecito serrano. Él acababa de sacar la plaza de médico rural de aquellos contornos y los dos estrenaron matrimonio y nueva vida llenos de ilusión y entusiasmo.

          El pueblo era pequeño pero tan hermoso que los dos se sintieron felices en su nuevo hogar. El cambio fue drástico para ellos, ya que los dos venían de familias acomodadas de la ciudad y no era fácil adaptarse a una vida tan distinta. Los primeros tiempos hasta darse a conocer fueron duros, pero los dos eran amables y serviciales y acabaron siendo queridos por todos los habitantes de aquella comarca.

          Llegó primero una hija y después dos hijos más que llenaron todas las horas del día de Elisa y no pocas de sus noches. Pablo vivía entregado a su trabajo. Atendía su consulta y recorría todas las aldeas de la comarca con su pequeño cochecillo para visitar a los enfermos que le necesitaban.

          Los hijos fueron al colegio como los niños del pueblo y se acostumbraron a la vida sana y libre que tenían sus compañeros. Los chicos jugaban correteando por el campo, y las niñas imitaban a sus madres vistiendo a sus muñecas y haciendo comidas en sus pucheros y peroles de juguete. Ni el padre ni la madre se daban cuenta de que sus hijos estaban muy lejos de hacer lo que ellos habían hecho a su edad, ella por indolencia y él porque le absorbía su trabajo.

          Pablo había hecho gran amistad con sus compañeros de otros pueblos así como con todos los alcaldes de la comarca. Sus amigos le animaban a que se metiera en política, ya que le veían muy preparado y con un gran poder de seducción en sus charlas, cosa muy útil para quien desea emprender ese camino. Lo cierto es que Pablo se animó y lo hizo. A partir de entonces, entre su labor como médico y sus viajes a la capital, Elisa y sus hijos lo veían poco, hasta que llegó al punto de que ni siquiera lo echaban de menos.

          Los chicos crecieron y con su poca instrucción no tuvieron más remedio que dedicarse a labores del campo. La chica hizo una buena boda con un terrateniente del pueblo, entregándose por completo al cuidado de su marido, sus hijos y su casa.

          La economía de Pablo y Elisa iba de mal en peor, pues la política de aquellos tiempos no sólo no daba sino que costaba dinero. Elisa, como siempre, se fue adaptando. Procuraba no mirarse al espejo, pues le sorprendía el encuentro con aquella mujer que la escrutaba fijamente y que nada tenía que ver con la imagen que guardaba en su mente. Veía pasar los días sin que nada, ni siquiera el roce con sus nietos, lograra distraerla ni proporcionarle un rato de felicidad. --- ¿Qué me ha pasado? --- preguntaba angustiada a la mujer del espejo --- ¿Dónde estoy yo? --- insistía.

          Un día vio llegar a su hija con un pequeño en brazos y otro de la mano. Tenía el cutis tostado y pequeñas arrugas empezaban a marcarse alrededor de los ojos. La vio cansada y sintió un profundo dolor por las dos. En aquel momento fue consciente de que ni Pablo ni ella habían sabido ocuparse debidamente de sus hijos, y se sintió tan culpable que las lágrimas inundaron sus ojos. Había sido egoísta, torpe y la peor madre del mundo, y odió a Pablo por haberse apartado de sus vidas.

          La hija vio las lágrimas de Elisa y, alarmada, se acercó. --- ¿Qué te ocurre, mamá? ¿Te encuentras mal? --- Ella le respondió --- No, hija. Es que temo haberte conducido a una vida monótona y difícil en la que nunca encontrarás compensación. -- Su hija respondió sonriendo: --- ¡Qué dices mamá! Tranquilízate. Yo soy muy feliz con mi vida. Tengo un marido que me quiere y está siempre a mi lado y unos hijos sanos y preciosos. Mi único problema es que me están saliendo arrugas --- Rompió a reír con una risa alegre y sincera y añadió: --- Anda, átate esa sandalia porque te vas a caer, y vámonos a dar un paseo por el campo.

          Elisa respiró aliviada y no le dijo que aún recordaba ella la visión de su primera arruga mientras ataba unas básicas sandalias de esparto.

          Durante el paseo y viéndola jugar y reír con sus hijos, descubrió que aunque no hubiera sabido conducir a su hija hacia la felicidad, no cabía duda de que la felicidad la había encontrado a ella.

sábado, 2 de febrero de 2013

Si no te conociera…

* Si no te conociera… *

Si no te conociera…
qué aventura sería en las mañanas
despertar con el sol sobre mi rostro
y el calor de tu cuerpo entre mis sábanas.

Si no te conociera…
qué armonía tu nombre en mi garganta,
y esa lluvia de estrellas en mi mente
que inundan de color mis madrugadas.

Si no te conociera…
yo podría mover una montaña
por lograr que ese amor que hoy es mío
para siempre mi vida iluminara.

Pero yo te conozco…
y sé que tus amores pronto pasan,
que vano te deslumbras fácilmente
ante nueva conquista imaginada.

Pues mientras llega el fin,
deseo despertar cada mañana
con los rayos del sol sobre mi rostro
y el calor de tu cuerpo entre mis sábanas.

Poemas al minuto

* Cuántos... *

Cuántos matices de verde
caben en una paleta?
Cuántas notas canta el agua
que salta de piedra en piedra?

Por qué las aguas del mar
cada día se despiertan
con un azul diferente,
quizá un gris, quizá un turquesa?

Pues así mi corazón
alberga la extraña idea
de quererte cada día
de diferente manera.




* Soñé... *

Soñé que me querías
y el sueño fue tan dulce y placentero
que cuando llegó el día
barriendo a los luceros
mis labios aún decían: “Por ti muero…”

lunes, 17 de diciembre de 2012

La tía Teresa

* La tía Teresa *

          --- He invitado a la tía Teresa a pasar con nosotros el fin de semana --- dijo Lucía mientras untaba mantequilla en su tostada.

          Su marido, que leía el periódico saboreando su segunda taza de café, arqueó las cejas en un gesto que él intentó hacer imperceptible sin conseguirlo.

          --- Es una mujer mayor, enferma y solitaria que no tiene a nadie más que a nosotros. Debido a su edad y a su gran timidez se ha ido aislando de todos. Un par de días en el campo le sentarán bien --- continuó Lucía.

          ---Tiene un montón de primas y sobrinas, pero nadie más que tú la aguanta. Por cierto, te recuerdo que la última vez que estuvo aquí se negó a salir al jardín argumentando que el sol dañaba su piel. Y mientra Alicia y tú pasasteis la mañana como San Lorenzo en la parrilla, vuelta y vuelta, me tocó a mí entretenerla, aguantando la enumeración y relato de todas sus enfermedades imaginarias --- respondió Juan malhumorado.

          --- ¡Juan, Juan … un poco de caridad cristiana! --- terció Lucía conciliadora.

          --- Te recuerdo también --- insistió Juan -- que tendrás que prepararle un mapa de la casa porque cada vez que quería ir a su habitación, cosa que ocurría cada diez minutos, tenía yo que acompañarla porque se perdía inevitablemente. ¿Has olvidado el trabajo que nos costó sacarla del trastero, enfrentada a un armario lleno de ropa vieja y diciendo que alguien le había cogido sus guantes?

          --- ¡Pobre Teresa! Va perdiendo la cabeza poco a poco pero aún se la puede acoger en casa un par de días sin ningún peligro para nadie. ¡Vamos, hombre, anímate! La llevaremos a la iglesia, que eso la relaja mucho --- siguió atacando Lucía.

          --- Cariño, vuelvo a recordarte que la última vez que la llevamos a la iglesia se durmió, roncó y resopló como el fuelle de una fragua descontrolada. ¿Quieres volver a pasar por eso?

          ---Tonterías. Eres muy exagerado. Nadie pareció darse cuenta de nada. ¡Oye!, si has acabado el periódico, ¿me lo quieres pasar?

          Esta frase zanjaba la cuestión definitivamente y el viernes siguiente se acercaron a la estación para recoger a la tía Teresa.

          Lucía había dado orden a su gente de que quería que el fin de semana fuera perfecto para su tía. Juan no comprendía aquel amor de su esposa por aquella señora impertinente y desagradable a más no poder, aunque sospechaba que un magnífico collar de esmeraldas, que él sólo conocía por referencias, tenía algo que ver en el asunto.

          Cuando llegaron a la estación, el tren estaba allí ya pero no había ni rastro de la tía Teresa. Lucía dijo preocupada:

          --- Juan, estoy intranquila. Sube al tren no sea que haya tenido algún problema con el equipaje.

          Juan, de mala gana, se lanzó al abordaje y deambuló por los distintos vagones hasta llegar a un lujoso y confortable vagón de primera y allí, en un rincón, apoyada en la esquina, con un inmenso sombrero tapándole la cara y resoplando con energía, estaba la tía Teresa. Después de un suave toque en un hombro y un par de zarandeos no tan suaves, la anciana señora despertó, se retiró el sombrero de la cara y mirando a Juan le dijo sonriendo plácidamente:

          --- Gracias por todo, querido. Ha sido un fin de semana realmente delicioso.

          --- Para nosotros también, querida tía. Para nosotros también.

          Y dándole un tierno beso en la mejilla se apresuró a salir del tren mientras que la tía Teresa volvía a caer en el dulce sueño del que había sido tan abruptamente arrancada.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La dignidad perdida

* La dignidad perdida *

          Sin ninguna duda Beltrán había sido un gran amigo, quizá el único amigo verdadero que Quique había tenido. Los dos formaban parte de la pandilla de la universidad, aquellos años únicos e inolvidables donde todos eran “niños bien”, que así se nombraban a los niños ricos, bien criados, bien vestidos, bien peinados, y casi todos con el “600” a la puerta de la facultad correspondiente.

          La panda estaba dividida en dos grupos bien diferenciados: Una parte la componían chicos estudiosos y trabajadores que tenían la inteligencia suficiente para aprovechar las oportunidades de formación que les permitía el dinero de sus padres. A este grupo pertenecía Beltrán. El otro grupo lo formaban los demás, vagos y zoquetes, a quienes interesaba mucho más el bar de la facultad de Derecho que ninguna materia. Aparte y como llegadas de otra galaxia, estaban las chicas. Casi todas venían de la facultad de Filosofía y Letras, y en cierta clase de conocimientos y adelantos daban lecciones a listos y a tontos. Beltrán conectó enseguida con Quique y se pasó todo el tiempo que duró su carrera intentando llevarle por el buen camino, pero no lo consiguió. Él acabó los estudios a su debido tiempo y desapareció casi por completo. Quedaron algunas llamadas, cada vez más infrecuentes, hasta que perdieron el contacto. Alguien dijo que Beltrán estaba trabajando en Alemania.

          Cuando su amigo acabó la carrera, Quique siguió todavía un par de años haraganeando por la facultad durante las mañanas, y por las tardes reunido con el resto de haraganes en el bar del Riscal. Desgraciadamente su padre sufrió un fuerte revés de fortuna y, sin aclararle mucho la situación, lo puso a trabajar en la empresa de un amigo.

          Fue entonces cuando volvió a ver a Marita. Ella era una de las chicas del grupo procedente de la facultad de Letras y estudiaba Lenguas Muertas, cosa que a él le parecía una sandez. Si estaban muertas ¿para qué servían? Por lo visto ella debió pensar lo mismo a la mitad de la carrera porque la dejó sin terminar. Empezaron a salir y poco a poco fueron formalizando.

          Marita era una chica que cuando entraba en el bar de la facultad de Derecho hacía que la cafetera se encendiera sola. Vestía las faldas más “tubo” que pudieran existir y unos jerséis de cuello alto tan ajustados que no le hacía falta enseñar ni un centímetro de su blanca piel para congregar alrededor de ella a toda la clientela que hubiera en ese momento. Era la bomba. Y de repente Quique se veía llevando del brazo aquel sueño de mujer y hablando seriamente de matrimonio. Tan seriamente que, antes de lo aconsejable, estaban delante del altar dando el “sí quiero” de rigor. El novio afortunado se preguntaba a sí mismo: “Quique, ¿qué has hecho para merecer este regalo?”

          Los padre de él les habían comprado un bonito piso en una zona elegante y los padres de Marita les habían preparado un fastuoso ajuar que hizo las delicias de las mujeres de la familia. Lo que Quique no sabía aún era que se había casado con una compradora compulsiva con una preferencia notable por lo mas caro. Lo vio claro cuando empezaron a llegarle las facturas de las tiendas más exclusivas del momento. Pero no le importó en absoluto. Se sentía el tipo más afortunado del mundo llevándola a su lado y viendo de reojo cómo la miraba la gente que se cruzaba con ellos. Y por las noches, cuando se ponía alguna de aquellas cositas diminutas y transparentes, su felicidad llegaba al grado del éxtasis.

          Fue por entonces cuando su padre le dio la desagradable noticia de que sus negocios se habían ido definitivamente a pique y que estaba en la ruina más absoluta, por lo que en el futuro tendrían que arreglárselas ellos solitos. Él y su madre se trasladaron al pueblo norteño de donde procedían y donde tenían una casita, con la idea de que su escasa economía actual les bastaría para vivir allí dignamente. A partir de aquel momento, el joven matrimonio fue cuesta abajo a gran velocidad.

          Aparecieron los números rojos, las discusiones eran cada vez más frecuentes y Marita empezó a faltar de casa con ausencias cada vez más largas y pretextos más banales. Hasta que un día desapareció para siempre acompañada de un inmenso equipaje. Quique se vio solo, dolido y cargado de deudas que no sabía cómo iba a pagar.

          Llevaba algún tiempo en esta penosa situación cuando volvió a ver a Beltrán. Su viejo amigo casi no le reconoció. Le dio un fuerte abrazo y mirándole de arriba abajo le dijo seriamente: “¿Qué te ha pasado, amigo? Vas hecho un asco. ¿Estás enfermo?” Él entonces volvió a abrazarle y sintió sus ojos húmedos. Como siempre, Beltrán supo lo que había que hacer. Le cogió por los hombros y dijo: “Vamos, necesitamos una copa”. Y le dirigió a un bar cercano.

          Allí, Quique le contó lo que había sido su vida desde que se separaron, pero no tuvo valor para decirle que su esposa había sido aquella Marita que estaba en los sueños de todos los compañeros. Él le escuchó con tristeza y al finalizar le dijo: “Necesitas salir de aquí y distraerte un poco. Pienso pasar el próximo “puente” en una playa del Sur donde tengo un apartamento y tú vas a acompañarme. Tomaremos el sol y por la noche iremos al casino a probar suerte. Recordaremos los viejos tiempos y lo pasaremos bien, ya lo verás”.

          Y allá se encaminaron. Tal como Beltrán había planeado, pasaron la mañana en la playa y por la noche fueron al Casino. Quique llevaba encima todo el dinero que le quedaba para pasar el mes, que no era mucho, y guiado por su amigo se dirigieron a la mesa de la ruleta. Como no estaba ducho en aquellos juegos, puso sus fichas donde su amigo le indicó y mira por donde salió su número. En la próxima tirada volvió a salir su número, y en la siguiente y, a partir de ahí, fue como un vértigo incontrolable. La mesa se vio rodeada de espectadores admirados de su buena suerte, y sólo cuando Beltrán le dijo feliz “¡amigo, has ganado un millón de euros!”, se dio cuenta de lo que ocurría. Sin poderlo evitar se desmayó, y al despertar se encontró en un sillón siendo reconfortado por varias personas y un coñac. Cuando se repuso, todo fueron abrazos y risas en medio de entrecortadas frases de agradecimiento a su querido amigo.

          Acabados los trámites financieros, bajaron al restaurante, donde ordenaron una magnífica cena. Después pidieron dos copa y una botella de un coñac carísimo y se dirigieron a los jardines del Casino, y allí, sentados en el césped, medio trompas y felices como niños, empezaron a hablar de la Universidad.

          En un momento determinado salió el tema de las chicas y Beltrán dijo: “¿Te acuerdas de Marita? Aquella chica nos traía a todos locos. Estaba dispuesta a pescar a alguno del grupo y para hacerlo no dudaba en ofrecerse a cualquiera que se le pusiera tierno. A mí estuvo a punto de engancharme pero paré a tiempo”. Hizo una pausa y añadió sonriendo con picardía: “En la cama era una locura”. A Quique se le pasó la borrachera al momento y miró a su amigo con una profunda angustia. Él debió ver algo raro en su cara porque se puso serio y le preguntó: “¿Estás mal, Quique? Tienes la cara descompuesta. ¡No irás a desmayarte otra vez!” Cuando pudo hablar le respondió con dureza: “Así que… ¿tú también te acostaste con mi mujer?” Beltrán, sorprendido, se levantó de un brinco y gritó fuera de sí: “¡Por Dios, Quique! ¿Te casaste con ese “pendón”? ¡Cómo pudiste, cómo pudiste!”. Aquella pregunta no tenía respuesta por su parte. Y lo peor fue que descubrió que, muy en el fondo, había sabido siempre con quién se casaba. Pero que fuera precisamente su amigo más querido quien le hubiera hecho admitirlo le causó un dolor insoportable.

          Ahora seguro que Beltrán perdería el poco respeto que sintiera por él y ni siquiera con el dinero que tan fácilmente acababa de ganar sería capaz de recomponer su dignidad hecha pedazos. Quedaron un rato en silencio. Quique sintió frío y bebió un larguísimo trago de coñac, y pretendiendo una sonrisa le dijo a su amigo quien aun nervioso había vuelto a sentarse a su lado: “Cálmate Beltrán. Todo eso ha quedado ya muy atrás. Voy un momento al servicio a refrescarme la cara. Enseguida estaré bien”. Y añadió: “Solo te pido una cosa, compadéceme pero, por favor, no me juzgues”. Subió directamente a la terraza con la idea de que, por primera vez en la vida, iba a hacer por sí mismo algo importante.

          Beltrán permaneció sentado sobre el césped del jardín con la cabeza entre las manos. Como en una pesadilla oyó gritos de gente pidiendo ayuda y el sonido de una ambulancia. Permaneció allí mucho tiempo, sin moverse, dejando que las lágrimas refrescaran su alma dolorida.