* La tía Teresa *
--- He invitado a la tía Teresa a pasar con nosotros el fin de semana --- dijo Lucía mientras untaba mantequilla en su tostada.
Su marido, que leía el periódico saboreando su segunda taza de café, arqueó las cejas en un gesto que él intentó hacer imperceptible sin conseguirlo.
--- Es una mujer mayor, enferma y solitaria que no tiene a nadie más que a nosotros. Debido a su edad y a su gran timidez se ha ido aislando de todos. Un par de días en el campo le sentarán bien --- continuó Lucía.
---Tiene un montón de primas y sobrinas, pero nadie más que tú la aguanta. Por cierto, te recuerdo que la última vez que estuvo aquí se negó a salir al jardín argumentando que el sol dañaba su piel. Y mientra Alicia y tú pasasteis la mañana como San Lorenzo en la parrilla, vuelta y vuelta, me tocó a mí entretenerla, aguantando la enumeración y relato de todas sus enfermedades imaginarias --- respondió Juan malhumorado.
--- ¡Juan, Juan … un poco de caridad cristiana! --- terció Lucía conciliadora.
--- Te recuerdo también --- insistió Juan -- que tendrás que prepararle un mapa de la casa porque cada vez que quería ir a su habitación, cosa que ocurría cada diez minutos, tenía yo que acompañarla porque se perdía inevitablemente. ¿Has olvidado el trabajo que nos costó sacarla del trastero, enfrentada a un armario lleno de ropa vieja y diciendo que alguien le había cogido sus guantes?
--- ¡Pobre Teresa! Va perdiendo la cabeza poco a poco pero aún se la puede acoger en casa un par de días sin ningún peligro para nadie. ¡Vamos, hombre, anímate! La llevaremos a la iglesia, que eso la relaja mucho --- siguió atacando Lucía.
--- Cariño, vuelvo a recordarte que la última vez que la llevamos a la iglesia se durmió, roncó y resopló como el fuelle de una fragua descontrolada. ¿Quieres volver a pasar por eso?
---Tonterías. Eres muy exagerado. Nadie pareció darse cuenta de nada. ¡Oye!, si has acabado el periódico, ¿me lo quieres pasar?
Esta frase zanjaba la cuestión definitivamente y el viernes siguiente se acercaron a la estación para recoger a la tía Teresa.
Lucía había dado orden a su gente de que quería que el fin de semana fuera perfecto para su tía. Juan no comprendía aquel amor de su esposa por aquella señora impertinente y desagradable a más no poder, aunque sospechaba que un magnífico collar de esmeraldas, que él sólo conocía por referencias, tenía algo que ver en el asunto.
Cuando llegaron a la estación, el tren estaba allí ya pero no había ni rastro de la tía Teresa. Lucía dijo preocupada:
--- Juan, estoy intranquila. Sube al tren no sea que haya tenido algún problema con el equipaje.
Juan, de mala gana, se lanzó al abordaje y deambuló por los distintos vagones hasta llegar a un lujoso y confortable vagón de primera y allí, en un rincón, apoyada en la esquina, con un inmenso sombrero tapándole la cara y resoplando con energía, estaba la tía Teresa. Después de un suave toque en un hombro y un par de zarandeos no tan suaves, la anciana señora despertó, se retiró el sombrero de la cara y mirando a Juan le dijo sonriendo plácidamente:
--- Gracias por todo, querido. Ha sido un fin de semana realmente delicioso.
--- Para nosotros también, querida tía. Para nosotros también.
Y dándole un tierno beso en la mejilla se apresuró a salir del tren mientras que la tía Teresa volvía a caer en el dulce sueño del que había sido tan abruptamente arrancada. |
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