sábado, 23 de marzo de 2013

Recuerdos de Cuaresma

* Recuerdos de Cuaresma *

          Como cada año, la Cuaresma llega puntualmente. Esto de “puntualmente” no me lo aceptaría mucha gente, pues aún, de vez en cuando, escucho yo el comentario de algunas personas: “¿Por qué cambia la Iglesia cada año el principio de la Cuaresma? Así no hay quien se entienda”.

          Pero yo voy a referirme a otra época, a mis años de estudiante. ¡Queridos años… cómo los sigo añorando! En aquel tiempo nadie desconocía el motivo de la variación de fechas de Cuaresma.

          El cura que nos daba la asignatura de Religión durante el Bachillerato y que era el autor de los libros de texto correspondientes, era posiblemente la persona más “plomo” de España. En sus clases, partiendo de sus libros, trataba de explicarnos de una manera clara y convincente las cosas que no tienen explicación posible, ya que pertenecen al mundo de la Fe, y con argumentos descabellados pretendía que nosotras las comprendiéramos igual que el fenómeno de la lluvia o la nieve. Creo que nadie en la clase tenía la menor intención de meterse en esos berenjenales, así que nos dedicábamos mayormente al cuchicheo sobre otros temas más gratificantes.

          Pero llegando Cuaresma, nuestro querido D. Mariano, ayudado por la continua amenaza de las llamas del infierno, realmente se superaba a sí mismo. Lo primero era organizar unos Ejercicios Espirituales en la iglesia más próxima al Instituto. También trataba de indicarnos un conjunto de oraciones para casi todas las horas del día, cosa en la que fallábamos bastante, no sin algún remordimiento, pues las pláticas que nos daban en la iglesia eran demoledoras.

          Pero la peor parte de Cuaresma empezaba la semana de Pasión. En esos días, las oraciones debían ser más continuas y mayor la penitencia, y para hacerla más dura mi madre empezaba a preparar sus recetas tradicionales de aquellas fechas. Aquello era un atentado flagrante y continuo a mis ansias de mortificación y dominio de mí misma. Un olor a torrijas, pestiños, arroz con leche, yemas de coco, almendra, chocolate, leche frita y todas las demás exquisiteces imaginables, perfumaba las escaleras de la casa sin la menor consideración a las posibles intenciones de penitencia de los otros vecinos.

          En aquel tiempo, mis esfuerzos para alcanzar la santidad por la vía de la oración podían resultar así: “Padre nuestro que estás…mira que están ricos los pestiños, y como son tan pequeños no creo que pase nada por comerme otro”. Viaje al comedor y vuelta a empezar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado… las bolitas de coco aún no las he probado. En cuanto acabe este Padre Nuestro me como una”. Y aceleraba al máximo pensando en aquellas delicias cubiertas de azúcar y metidas en su cucuruchito de papel rizado. Y así más o menos transcurrían mis días principales de Cuaresma, entre el confesionario y los dulces de mi madre.

          De todo aquello guardo un recuerdo muy entrañable. Yo no me rebelo contra aquellas costumbres y creencias, sino que las atesoro como una época que me tocó vivir y que no dejó ninguna huella amarga en mi alma. Mis compañeras de Instituto, las pocas con las que aún me relaciono por teléfono, conservan los mismos recuerdos y los miran con igual ternura que los miro yo.

          Afortunadamente, Dios nos dio un cerebro pensante y más o menos inquisitivo, en mi caso muy inquisitivo, y sin necesidad de ayuda, simplemente con las experiencias de la vida, he aprendido lo que en realidad significa la Cuaresma, y trato de vivirla lo mejor que sé y puedo, a lo largo de todo el año.

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