* La Acequia *
Sé que lo único que necesito es que se abra la compuerta, pero no sé por qué la compuerta permanece obstinadamente cerrada.
Sentada delante del ordenador, me viene a la mente una imagen muy antigua y muy querida que guardo entre los tesoros acumulados de mi infancia. Se trata de una acequia de riego en una huerta de un pueblecito de la sierra de Huelva. Allí, siendo niña, en aquella acequia de la huerta del tío Elías, jugaba a flotar barquitos de papel, “sin nombre, sin patrón y sin bandera”, como canta Serrat.
Aquel juego me parecía apasionante, y mi prima y yo pasábamos horas entretenidas con él, hasta que terminado el riego, bien empapada la tierra y siempre con la esperanza de una buena cosecha, mi tío se dirigía a un rincón de la huerta y bajaba una compuerta de madera sobre la acequia, con lo cual el suministro de agua quedaba temporalmente desviado hacia otros campos colindantes. Cierro los ojos y puedo oír la música del agua cantando alegremente entre los guijarros del fondo del reguero, y puedo oler ese aroma a tierra mojada, mezclado con el perfume de los melocotones que, lentamente, maduraban en los árboles.
Aquel pueblecito era para mí, niña de la capital, un lugar de leyenda al que soñaba con volver cada verano. Allí me sentía libre, sin tráfico del que cuidarme al cruzar la calle, rodeada de caras amables y conocidas que al verme de nuevo allí me decían esa cosa tonta que se le dice a todos los niños, sean como sean: “ ¡Pero que guapa estás y cómo has crecido este año!” Mi alma se esponjaba entre aquellas gentes y aquel ambiente de paz y de cariño que, comparado con el ambiente del Madrid de la post-guerra, se me antojaba un auténtico paraíso.
Pasaban los años, y yo veía llegar el fin de curso con la ilusión y el deseo de volver de nuevo a aquel lugar tan querido para mí, donde el tiempo no parecía tener ningún poder. Pero sí que lo tenía.
Un verano encontramos que la muerte se había llevado al tío Elías y ahora era su hijo el que manejaba la compuerta de la acequia. El agua seguía corriendo, limpia y cantarina. No era la misma agua, pero su canción sí era la misma y los aromas de la huerta también eran iguales: tierra húmeda, mastranto, frutales, vida… toda la armonía del universo encerrada en un pedazo de tierra.
Sigo sentada delante del ordenador, esperando y deseando que por mi pobre acequia corra el agua generosa de la inspiración. |
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