* Día de Andalucía *
Amanece el día de Andalucía.
Me levanto temprano porque es una costumbre adquirida a lo largo de los años y que ahora, aunque no me sea necesario, no puedo erradicar. Abro los balcones de mi casa y se me entra por el alma un aire triste, muy triste. Al no ser día laborable no hay un sonido en toda la calle. Ni un coche, ni un niño que, camino del colegio de la mano de su abuelo, le charle aún medio dormido.
Día de Andalucía. Hace años escuché a Antonio Gala una frase que me conmovió: “Andalucía es una reina, pero una reina descalza, pues no le dejan ni para zapatos”. Creo que la definición es acertada.
A lo largo de toda su historia, cuantos pueblos han pasado por aquí han venido a llevarse sus tesoros sin darle nada a cambio. Siempre se ha dicho que esos pueblos nos trajeron una gran riqueza cultural, y yo creo que eso no es del todo así. Andalucía los acogió solícita, les abrió sus entrañas, les regaló sus metales, sus aguas, su clima amable, su alegría, su espíritu de tolerancia y, a su vez, se empapó ella misma de los conocimientos que aquellas razas traían. Todo lo que quedó aquí edificado, en ningún modo fue un regalo para Andalucía. Lo hicieron aquellos pueblos para su recreo y conveniencia, y aquí quedó todo cuando fueron expulsados por nuevos invasores. Y vuelta a empezar.
Hoy,… ¿qué decir del tiempo de hoy? ¿Qué decir de los hombres de hoy? El expolio continúa, y la reina, a falta ya de tesoros, ofrece sus hijos, sus mejores hijos, que tal vez la añoren desde otras tierras.
De pronto mi casa se ha iluminado. Es el sol, que enamorado, no quiere que hoy su tierra preferida esté triste, y le envía su luz aunque sólo sea un rato. Mis geranios también se alegran y, agradecidos, parecen mirar al cielo.
Andalucía vuelve a sonreír. ¡Esa es tu fuerza! ¡Ríe! ¡Canta! ¡Baila! ¡No desmontes tu mito! Y cuando tengas ganas de llorar, hazlo a solas, como lo hacen las reinas. |
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