sábado, 23 de marzo de 2013

Pasopalio

* Pasopalio *

          Llevo esperando mucho tiempo y aún no llega.

          Estoy en una estrecha calle sevillana rodeada de gente que, expectante, aguarda como yo el gran momento con una impaciencia ilusionada que se palpa, que inquieta el espíritu.

          Al fin, se oye una música cercana y un clamoroso silencio inunda la oscuridad de la calle. Por la lejana esquina aparece una nube de luz que da paso a un deslumbrante resplandor. Doblada la esquina, la luz se convierte en llamarada, y entre vahos de incienso un chisporroteo de oros, platas y aire perfumado se acerca lentamente al compás de la música. Pero no la veo.

          El aroma del incienso, el olor de la cera quemada y la fragancia dormida de las flores llegan hasta los sentidos y los invaden, los embriaga, los eleva. Si este olor pudiera llevarse a un perfume yo le llamaría “Pasopalio”.

          Por fin la tengo a mi lado. Las cartelas del costado del Paso discurren tan cerca de mí que puedo tocarlas, pero no lo hago porque este sueño de perfecta belleza podría desvanecerse. La busco entre el segundo y tercer varal y no consigo verla.

          El Paso se va alejando y la cascada de oro y terciopelo del manto parece querer quedarse con nosotros. ¿Qué querrá decirnos? Este lento alejamiento despierta siempre en mí una triste melancolía, como de algo deseado y no alcanzado.

          Pero no te he visto ahí, Miriam, joven doncella de Nazaret, a quien un día visitó el ángel Gabriel para darle la noticia de que sería la madre de un Niño, y que este Niño sacudiría el mundo hasta las profundidades de sus cimientos. Y allí, en tu pequeño aposento, aceptaste confiada la voluntad de Dios.

          Yo te veré en Navidad como todos los años, humilde Barro Divino, rodeada de pastores y aldeanos, acompañada por tu esposo y acunando a tu Niño recién nacido. Yo te pondré, como siempre, un sin fin de angelitos que canten para vosotros, y a tus pies, un pequeño cestillo lleno de tiras de lino para que hagas pañales a tu Divino Hijo. Y te saludaré en silencio con las palabras de Gabriel: ¡Salve, Miriam, doncella de Nazaret, lirio de Judea, predilecta del Señor, la llena de Gracia! ¡Salve!

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