viernes, 12 de abril de 2013

Sobre Zapatos

* Sobre Zapatos *

          Una de las prendas fetiche del vestuario de una mujer son sin duda los zapatos de tacón alto. En una película, cuyo título en español es “Pisando fuerte”, uno de los protagonistas, una “Drug Queen”, le dice a otro protagonista, un fabricante de zapatos, mientras sostiene entre sus manos unas preciosas botas altas de charol rojo con unos tacones de vértigo: “¿Sabes lo que es esto?”. El fabricante le contesta: “Unas botas de mujer”. “No, -- responde el primero -- esto son diecisiete centímetros de sexo”. En la película, esta contestación resulta divertida pero es más seria de lo que parece.

          Fue más o menos al cumplir quince años cuando mi madre aceptó comprarme unos zapatos de tacón. Recuerdo que eran marrones y no tan altos como yo hubiera deseado, pero también recuerdo que cuando me los puse me pareció que doblaban mi estatura. Me paseaba por el pasillo encaramada sobre ellos, contoneándome como se lo había visto hacer a Ava Gardner en el cine. No me salía igual pero a mí me parecía el colmo del exotismo.

          Decidí estrenarlos en el primer “guateque” que se organizara y que resultó ser en casa de mi amiga Ana Mary. Solamente en aquella casa y en la mía se preparaban aquellas reuniones, no porque nuestras casas fueran diferentes a las demás, sino porque los padres de Ana y los míos tenían sentido del humor y quizá una mente más amplia que la de los otros padres.

          Aquel día, varias amigas estrenábamos zapatos con un pequeño tacón y nos sentíamos más mujeres que nunca y nos llenábamos de piropos las unas a las otras. En cuanto a los chicos… pues qué queréis que os diga. Ellos, como siempre, rodeaban la mesa de los “emparedados” (en España aún no se conocía el invento del marqués de Sándwich) y apuraban sus copas de aquel “cup” inofensivo que se bebía en las reuniones juveniles de entonces.

          Uno de los chicos, primo de Ana Mary, me invitó a bailar. Yo pensaba: “Paquito se dará cuenta de que mi estatura ha aumentado”. Pues no. Por más que me estiré y me contoneé, él siguió a su bola hablando de cosas intrascendentes. ¡Con el pedazo de mujer que llevaba entre los brazos!

          Decepcionada, me concentré en el baile mientras Nat King Cole repetía torpe y machaconamente: “Ansiedad… de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amor…”

          Me quedaba claro que el tacón de mis zapatos, no era el adecuado.

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