* El Naranjo de las Rosas * En la antigua ciudad de los sueños había una calle muy especial. Era corta y sombreada, con ambas aceras bordeadas por naranjos, copados y robustos, que al llegar la primavera se cubrían de pequeños ramilletes de flores de azahar. Entonces aquellos árboles esparcían por el aire un fino e hipnótico perfume que hacía las delicias de los habitantes de la hermosa ciudad.
Uno de los naranjos de aquella preciosa calle estaba situado frente a una pequeña casita a la que se entraba cruzando un patio enlosado en color rojo.
El patio se cerraba a la calle por medio de un enrejado metálico, y enredado en él, crecía un rosal trepador. Al acabar el invierno, el rosal despertaba y se cubría de hojas y capullos que poco a poco se abrían al calor del sol. Entonces, un manto blanco cubría el enrejado del patio haciendo de aquel rincón un pequeño paraíso.
En este tiempo, el rosal mantenía discretas conversaciones con su vecino el naranjo, siempre durante las noches, en esa hora bruja en que los duendes se pasean por la ciudad, rociándola con unos polvos mágicos que hacen posible lo imposible y convierten los sueños en realidad. Se lamentaba de que sus flores no tenían perfume y se deleitaba aspirando el aroma del azahar.
“Si estuvieras un poco más cerca, -- le decía al naranjo -- podría subir por tu tronco y enredarme en tus ramas y así tal vez algo del aroma de tus flores impregnaría mis rosas”. -- Pero el naranjo no podía hacer nada. Se esforzaba por acercarse lo más posible, pero él era sólo un árbol y no podía conseguirlo --.
Pero ocurrió que una noche, los duendes pasaron por aquella calle y esparcieron sus polvos mágicos por la casa donde el rosal crecía. Allí vivía un alma buena y sensible que al despertar por la mañana comentó a su familia: “¡Qué sueño tan bonito y extraño he tenido esta noche! Soñé que el rosal y el naranjo eran una única planta y que florecían a la vez, enredados el uno en el otro”. Salió al patio y se quedó mirando al rosal pensativamente. Se acercó y trató de encontrar la punta de una ramita que le sirviera para el plan que estaba trazando en su mente.
Después de varios y molestos pinchazos, encontró una rama medianamente larga y atando un fino cordel a su punta, lo lanzó hacia lo alto del naranjo y, una vez conseguido, lo sujetó bien, manteniendo en el aire la joven ramita del rosal. A partir de ese momento estuvo al cuidado de que nada ni nadie estorbaran o interrumpieran sus propósitos de unir ambas plantas.
Vigilaba el patio día y noche, y poco a poco sus esfuerzos dieron su fruto.
Una vez alcanzado el naranjo, el rosal se volvió loco de alegría del modo que sólo las flores pueden hacerlo. Sus rosas aparecían entre el azahar y juntas entonaban un himno a la vida, exuberante y delicioso, que no pasaba desapercibido a las personas que cruzaban por aquella calle.
Como toda la belleza, la lozanía de aquellas flores fue efímera y en pocos días el naranjo apareció huérfano de adornos. Tendría que esperar al próximo año para ver realizado el pequeño milagro una vez más. Mientras tanto, jugaría con las alegres naranjas en las que el azahar se habría transformado. Ellas alegrarían sus ramas con su vivo color, y al llegar el invierno y mecidas por el viento, le susurrarían quedamente: “¡Espera… espera!”.
El rosal, por su parte, se quedó sin flores y sin hojas y se sumió en un letargo reparador mientras enredado en las ramas de su amigo, esperaba ilusionado la llegada de la próxima primavera. |
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