* Un día cualquiera en el Paraíso * Adán y Eva paseaban distraídos por el jardín. Estaban desnudos e inconscientes, ajenos a la importancia que todas sus acciones podían tener para una humanidad aún por llegar.
El clima era perfecto, pues así lo había dispuesto su Creador. Una flora hermosa y variada deleitaba sus sentidos y una gran cantidad de árboles frutales les ofrecían sus dones para gloria del paladar. Eran enormemente felices sin saberlo, ya que en una vida ausente de dolor y sufrimiento es imposible el conocimiento de la felicidad.
El Creador se había esmerado mucho con Adán, y la verdad es que le había salido un “guaperas” de una vez. Buen cuerpo, semblante apacible y una mirada firme y escrutadora que denotaba una inteligencia importante. Eva había sido creada más a la ligera, pero en conjunto no le había quedado mal. Era de estatura más cortita y un cuerpo algo raro, pues le había dado unas redondeces que a primera vista y al lado de Adán podían parecer extrañas, pero cuando se la miraba despacio resultaba graciosilla. A su compañero le chocó un poco su apariencia pero, según se fue acostumbrando, tuvo que admitir que aquellas deformaciones eran lo que más le gustaba de Eva. Por otra parte, había sido dotada de una larga melena de un color rojizo, extraño como toda ella, pero que cuando el sol la iluminaba, despedía unos reflejos maravillosos que la hacían parecer bellísima.
Aquella tarde en concreto, lucía realmente deliciosa. Adán le había ofrecido una flor, y ella, en un gracioso gesto, la había enredado entre su cabello y le había regalado a él una sonrisa encantadora.
Mientras paseaban se acercaron a un pequeño montecillo en lo alto del cual había un árbol cuajado de fruto. Se trataba de un manzano y las frutas que colgaban de sus ramas eran una tentación para cualquiera. No sé si eran Royal Gala, Pink Lady o quizá Fuyi, pero lo cierto es que parecían de lo más apetitosas. Eva dio una carrerita hacia el árbol y llamó a Adán:
--- ¡Fíjate, Adán, qué frutas tan preciosas!
--- ¡No te acerques a ese árbol! Recuerda que el Creador nos lo tiene prohibido! --- contestó su compañero con gesto de preocupación. Eva replicó inocentemente:
--- ¡Ah! Pero… ¿era éste?
Adán pensó que la pobrecilla no tenía la memoria que tenía él y era lógico que no lo recordara.
--- Pues, la verdad, – prosiguió Eva -- no veo por qué lo ha hecho, ya que parecen tan buenas como las otras. Creo que tú no te has enterado bien.
Y llegando hasta el árbol estiró el brazo y tomó una rosada manzana. Con ella en la mano se acercó a Adán y le dijo:
--- ¿Verdad que es preciosa? ¿Cómo puede una fruta tan linda hacer daño a nadie?
Tomó una crencha de su pelo rojizo y limpió la fruta con ella, pues el Señor había hecho a Eva muy limpia y delicada, y mirando a su compañero con picardía mordió la fruta. Luego, acercándola a la boca de Adán, le susurró al oído:
--- Muerde donde he mordido yo. ¿Quién se va a enterar?
Adán experimentó entonces un montón de sensaciones extrañas y desconocidas hasta ese momento. Los ojos de Eva le miraban con una súplica divertida y su pelo rojizo brillaba tanto que casi le deslumbraba. Se sintió desfallecer ante tanta belleza y… mordió la manzana, ¡vaya si la mordió!
Desde aquel día, la vida cambió para ellos y nosotros, sus descendientes, seguimos pagando aquella manzana que resultó ¡ay!… la más cara del mundo. |
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