miércoles, 6 de noviembre de 2013

La Casa de los Tilos

* La Casa de los Tilos *

           Yo solía pasar las primaveras en un pueblecito serrano al pie de Guadarrama. Los médicos me aconsejaban hacer estas curas de reposo y aire puro que restablecían mi frágil salud después de los crudos inviernos de Madrid, y este pueblo era un remanso de paz y belleza, donde mis pulmones recobraban algo de su capacidad. Allí, apoyado por una buena alimentación, fortalecía mi cuerpo a la vez que enriquecía mi espíritu durante mis largos paseos por el bosque.

           Aunque no muy a menudo, solía escribir a algún amigo de los de la tertulia del café y siempre regresaba a la capital con un cuaderno lleno de bosquejos para relatos y cuentos que serían terminados en casa.

           Me alojaba en la fonda “La Imperial”, y tanto los dueños como el servicio, me trataban con el mayor cariño y cortesía que se puede ofrecer a un forastero. Mis días eran rigurosamente iguales y apacibles, en parte por prescripción facultativa y en parte porque allí había pocas distracciones mundanas.

           En las mañanas, después del desayuno, emprendía mis excursiones campestres, unas veces hacia la umbría del sotobosque y otras hacia el río, donde el rumor de las aguas purísimas rebotando sobre los cantos rodados de su lecho, hacía las delicias de mi oído y me provocaba ensoñaciones a las que, a mi pesar, soy tan aficionado.

           Cuando salía del pueblo para dar mis paseos por el bosque, bordeaba una casa que me tenía intrigado. Se trataba de un viejo caserón de piedra gris, propia de aquellas sierras, que por su aspecto de palacete debía haber pertenecido a alguna familia muy acomodada. La rodeaba una balaustrada, también de piedra, que cerraba un jardín totalmente abandonado. Los parterres habían desaparecido y sólo quedaban unos hermosos árboles que con la naciente primavera empezaban a echar yemas y brotes prometiendo un verano sombreado y acogedor para las personas que hubieran vivido allí.

           Yo pensaba que conocía a todas las familias relevantes del pueblo y no creía que ninguna de ellas tuviera el estatus suficiente para ser o haber sido nunca los propietarios de tal mansión. Siempre que pasaba por allí me paraba delante de la casa a curiosear con interés, no solo por su austera y romántica belleza sino también porque siempre encontraba algún detalle que me la hacía parecer misteriosa e inquietante.

           Un día, durante el almuerzo, pregunté a la dueña de la fonda de quién era aquella casa. Me contestó que la casa había sido de una familia de Madrid, quienes pasaban allí sus veranos. De eso hacía ya mucho tiempo, pues ella la había visto siempre tal como estaba ahora. Su madre había conocido a la familia que pasaba allí los meses de calor y se trataba de un matrimonio con una hija. Parecía ser que la hija enfermó y en el pueblo se dijo que había fallecido. Lo cierto es que el matrimonio nunca volvió por allí y la casa quedó abandonada. Nadie había entrado allí nunca y nadie sabía el estado en que estaba la casa por dentro. Le llamaban “La Casa de los Tilos” por los árboles que, erguidos y nostálgicos, habitaban el jardín.

           Silencié mis intrigados pensamientos y al día siguiente volví a pararme delante de la casa. Sorprendentemente, encontré una ventana abierta por donde el aire fresco de la mañana mecía unos bellos visillos de encaje de un blanco inmaculado. ¿Quién abrió aquella ventana? Al lado de la puerta de entrada a la casa un rosal trepaba agarrado a la pared y parecía tener unos capullos sanos y con ganas de despertar. ¿Quién sembró aquella planta? Los bancos del jardín estaban cubiertos de hojarasca. Todos menos uno. ¿Quién limpió aquel banco?

           Intrigado seguí mi camino dando vueltas a mi cabeza y tratando de encontrar respuesta lógica a todas mis preguntas. Cuando regresé de mi paseo volví a detenerme delante de la casa y constaté que la ventana del visillo de encaje estaba cerrada, no había ni rastro del rosal de la entrada y el viento de la sierra había vuelto a amontonar hojas encima del banco limpio.

           Fue entonces cuando empecé a pensar que aquel era un buen tema para un cuento fantástico. Durante la siesta puse en limpio mis notas y las pasé al cuaderno donde reposaban mis ideas para relatos, a la espera de que el hada de la inspiración les hiciera tener un final apasionante.

           Tan obsesionado estaba con aquella historia que aquella noche, clara y templada, no pudiendo resistir la tentación, me dirigí lentamente hacia la Casa de los Tilos. Una luna esplendorosa iluminaba el edificio y arrancaba destellos a la piedra gris de su fábrica. Busqué ansioso la ventana del visillo de encaje y la hallé entreabierta. Una luz muy tenue, como de una vela, marcaba levemente el encuadre de la ventana. Casi como un autómata me dirigí hacia la puerta de entrada a la casa, que también encontré parcialmente abierta.

           Al empujar la puerta, un recuadro del interior quedó iluminado por el resplandor de la luna y libre de la oscuridad que invadía el resto de la casa, pero al mirar hacia arriba, vi una luz saliendo de una de las habitaciones del piso superior.

           Sin ninguna consciencia por mi parte, mis pies me dirigieron hacia la escalera y llegué hasta la puerta que tanto llamaba mi atención. Golpeé con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrí de par en par. Para mi sorpresa me encontré ante una estancia perfectamente amueblada y cuidada, sin duda la alcoba de una mujer, pues que tantos eran sus detalles femeninos de una belleza exquisita. Bordados y encajes competían con el delicado cristal de las lámparas y con la plata antigua de marcos de fotos y piezas de tocador, y flotando en el aire pude percibir un fuerte aroma de rosas. Pero lo más sorprendente fue encontrar una figura totalmente vestida de blanco, cubierta la cabeza con un espeso tul que apenas dejaba adivinar sus facciones. Estaba sentada ante un pequeño escritorio, sostenía una pluma en la mano y, delante de ella, un cuaderno abierto con sus páginas desnudas parecía esperar el alegre cosquilleo de aquella pluma.

           En medio de mi confusión y aturdimiento, una voz de mujer me dijo estas palabras:

           --- Te estoy aguardando desde hace días. Parece que te ha costado trabajo decidirte a entrar en la casa.
           --- Pero… ¿quién eres y de qué me conoces? – balbucí asombrado.
           Pude adivinar una sonrisa en la cara de la dama mientras respondía:
           --- Soy tu imaginación. Llevo algún tiempo rondándote para que te decidas a escribir ese hermoso relato que llevas dentro, pero no puedo ayudarte mientras que no dejes de soñar y te decidas a enfrentarte con el trabajo. De poco te sirvo yo si tú no colaboras con tu esfuerzo personal.
           --- Entonces… -- musité mirando a mi alrededor.
           --- Sí, en efecto. Todo esto que ves lo has creado tú a partir de algo tan simple como un caserón vacío en un pueblo cualquiera. ¿Lo entiendes ahora?
           Afirmé con la cabeza y, al hacerlo, sentí un vértigo extraño que me hizo tambalear y caer torpemente sobre el escritorio. Y perdí el conocimiento.

           Al despertar, mi cabeza seguía dando vueltas y era incapaz de fijar en mi mente ningún pensamiento. Me encontraba acostado en una habitación extraña y alguien sollozaba a mi lado. Cuando se me fue aclarando la vista, descubrí a la persona que lloraba. Se trataba de Matilde, mi buena ama de llaves, quien había cuidado de mí desde que siendo muy joven perdí a mis padres. A su lado había dos figuras de blanco y a los pies de la cama estaba mi primo Juan. Poco a poco fue estabilizándose mi mente y pregunté:

           --- ¿Dónde estoy y qué me ha pasado?
           --- ¡Ay, Don Ramón, mi niño, qué susto nos has dado!
           Matilde, agarrada a una de mis manos, me la cubría de besos.

           --- Pero… ¡por Dios bendito! ¿Quieren decirme ustedes dónde estoy y qué me ha ocurrido?
           --- Cálmate, Ramón. Estás en una clínica de Madrid y has sufrido un accidente – habló entonces mi primo.
           --- Pero… ¿yo no estaba en la Sierra?
           --- Allá te fuiste, sí, pero a los pocos días nos avisaron que habías tenido un grave percance. Ocurrió en el río. Al parecer, cruzando la ribera resbalaste y caíste para atrás. Te diste en un mal sitio y creímos que te íbamos a perder, pero has demostrado ser un hombre más fuerte de lo que creíamos y, casi por ti mismo, has salido del trance.

           De repente, apareció en mi mente la imagen de La Casa de los Tilos y su habitación encantada, y pregunté con temor:

           --- Entonces… ¿cuántos días he estado fuera?
           --- Apenas dos semanas. Aquí llevas casi un mes prácticamente en coma.

           El dueño de una de las batas blancas se acercó y me dijo:
           --- Ha estado usted realmente enfermo y necesita descanso y silencio. Trate de relajarse y no pensar. Su cabeza ha sufrido un serio traumatismo y sólo el descanso de su mente le ayudará a recuperarse del todo.

           Mis visitantes fueron desapareciendo ante la orden del doctor. Mi vieja ama se negó a irse y se sentó apartada y paciente a velar mi sueño, como siempre lo había hecho cuando era niño. Poco a poco, me fui quedando plácidamente dormido entre los susurros de los rezos de Matilde y un lejano aroma de rosas que me hizo sonreír. En mi pensamiento y entre la dulce niebla que me iba invadiendo, se abría paso una certeza: mi relato estaba ya concebido en mi mente y dispuesto a ser trasladado al papel, pero sólo yo conocería la verdad de cómo y por qué se escribió “La Casa de los Tilos”.

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