* El chico de la ventana *
(propuesta de un relato a partir de una foto)
Conocí a Luis de un modo casual.
Yo estaba en una cafetería con amigas y al mirar distraída a mi alrededor, vi que la mesa junto a la ventana estaba ocupada por un chico. No le veía bien, pero podía percibir en su cara un gesto de tristeza que me conmovió. Al acercarse el camarero volvió la cabeza y levantó la mirada hacia él. Entonces le pude ver bien y pensé que nunca había visto un hombre tan guapo.
Yo seguía hablando con mis amigas, pero mis ojos se iban inevitablemente al muchacho de la ventana. Por un momento se cruzaron nuestras miradas y me pareció que me sonreía y yo le sonreí a mi vez. Al poco rato se levantó para marcharse, y al pasar por mi lado me hizo un leve gesto de despedida, casi imperceptible, al que yo contesté.
Aquel hombre se convirtió en una obsesión para mí. Lo buscaba por las calles, ojeaba dentro de los cafés y hasta en el Metro me pareció encontrarlo más de una vez.
Un día me decidí a volver a la cafetería donde lo había visto por primera vez, y allí estaba él, en la misma mesa y mirando por la ventana. Ocupé otra mesa junto a la suya y, sin saber muy bien qué hacía yo allí, pedí un té y esperé. A los pocos minutos, él volvió la cabeza y me vio. Su rostro pasó de la sorpresa a la sonrisa y levantándose dijo:
--- ¿Me recuerdas? Nos vimos aquí mismo hace unos días.
Y sin más preámbulos, cogió su taza, la puso sobre mi mesa y se sentó frente a mí.
Rompimos el hielo charlando de banalidades y pude observarlo bien. Tenía el pelo castaño claro, la piel algo tostada y unos ojos indescriptibles. A primera vista parecían azules, pero dentro del azul había un abismo de brillos metálicos tan grises como una lámina de acero pulido. Creo que me enamoré del todo en aquel segundo encuentro.
Salimos del bar y paseamos toda la tarde y la tarde siguiente y muchas otras más.
Luis me explicó un día el motivo de su tristeza. En cuestión de amores, parecía perseguirle una sombra negra, pues había tenido dos novias formales y las dos habían fallecido en desgraciados accidentes. Yo me había convertido en su refugio y su consuelo, pues cuando nos conocimos estaba destrozado.
--- No sé que habría sido de mí sin tu apoyo --- me decía agradecido y me besaba las manos mientras clavaba en mis ojos aquella extraña mirada suya que me enloquecía.
Poco a poco, nuestra amistad se fue convirtiendo en algo más hondo y él así me lo confesó. Supongo que ya se había dado cuenta de que yo moría por él.
Un día me propuso ir de excursión a un pueblo de la sierra donde había un pantano de aguas limpias y cristalinas que invitaban al baño. Preparamos la merienda y, provistos de bañadores y toallas, nos encaminamos hacia allí dispuestos a pasar un hermoso día de verano.
¡Qué lugar tan lindo! Yo había oído hablar de él pero no lo conocía.
Arrimamos el coche a una sombra y acampamos lo mejor que pudimos.
Pasamos un día delicioso bañándonos, paseando y haciendo proyectos para el futuro. Contemplamos la puesta de sol estrechamente abrazados y él tuvo una gran idea.
--- ¡Vamos a bañarnos una última vez!
Acepté riendo y me lancé la primera al agua. El me siguió y al alcanzarme me abrazó y me besó de nuevo. Aquel beso me pareció eterno. Sus brazos me amarraban y sus ojos muy cerca de los míos brillaban como el acero.
Me dejé llevar por aquella pasión y creí morir. Pero resulta que morí de verdad porque me ahogué. ¡Qué lástima haber estropeado un día tan bonito!
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario