jueves, 7 de febrero de 2013

Recordando a Elisa

* Recordando a Elisa *

          Corrían los años veinte del mismo siglo cuando Pablo y Elisa llegaron a aquel pueblecito serrano. Él acababa de sacar la plaza de médico rural de aquellos contornos y los dos estrenaron matrimonio y nueva vida llenos de ilusión y entusiasmo.

          El pueblo era pequeño pero tan hermoso que los dos se sintieron felices en su nuevo hogar. El cambio fue drástico para ellos, ya que los dos venían de familias acomodadas de la ciudad y no era fácil adaptarse a una vida tan distinta. Los primeros tiempos hasta darse a conocer fueron duros, pero los dos eran amables y serviciales y acabaron siendo queridos por todos los habitantes de aquella comarca.

          Llegó primero una hija y después dos hijos más que llenaron todas las horas del día de Elisa y no pocas de sus noches. Pablo vivía entregado a su trabajo. Atendía su consulta y recorría todas las aldeas de la comarca con su pequeño cochecillo para visitar a los enfermos que le necesitaban.

          Los hijos fueron al colegio como los niños del pueblo y se acostumbraron a la vida sana y libre que tenían sus compañeros. Los chicos jugaban correteando por el campo, y las niñas imitaban a sus madres vistiendo a sus muñecas y haciendo comidas en sus pucheros y peroles de juguete. Ni el padre ni la madre se daban cuenta de que sus hijos estaban muy lejos de hacer lo que ellos habían hecho a su edad, ella por indolencia y él porque le absorbía su trabajo.

          Pablo había hecho gran amistad con sus compañeros de otros pueblos así como con todos los alcaldes de la comarca. Sus amigos le animaban a que se metiera en política, ya que le veían muy preparado y con un gran poder de seducción en sus charlas, cosa muy útil para quien desea emprender ese camino. Lo cierto es que Pablo se animó y lo hizo. A partir de entonces, entre su labor como médico y sus viajes a la capital, Elisa y sus hijos lo veían poco, hasta que llegó al punto de que ni siquiera lo echaban de menos.

          Los chicos crecieron y con su poca instrucción no tuvieron más remedio que dedicarse a labores del campo. La chica hizo una buena boda con un terrateniente del pueblo, entregándose por completo al cuidado de su marido, sus hijos y su casa.

          La economía de Pablo y Elisa iba de mal en peor, pues la política de aquellos tiempos no sólo no daba sino que costaba dinero. Elisa, como siempre, se fue adaptando. Procuraba no mirarse al espejo, pues le sorprendía el encuentro con aquella mujer que la escrutaba fijamente y que nada tenía que ver con la imagen que guardaba en su mente. Veía pasar los días sin que nada, ni siquiera el roce con sus nietos, lograra distraerla ni proporcionarle un rato de felicidad. --- ¿Qué me ha pasado? --- preguntaba angustiada a la mujer del espejo --- ¿Dónde estoy yo? --- insistía.

          Un día vio llegar a su hija con un pequeño en brazos y otro de la mano. Tenía el cutis tostado y pequeñas arrugas empezaban a marcarse alrededor de los ojos. La vio cansada y sintió un profundo dolor por las dos. En aquel momento fue consciente de que ni Pablo ni ella habían sabido ocuparse debidamente de sus hijos, y se sintió tan culpable que las lágrimas inundaron sus ojos. Había sido egoísta, torpe y la peor madre del mundo, y odió a Pablo por haberse apartado de sus vidas.

          La hija vio las lágrimas de Elisa y, alarmada, se acercó. --- ¿Qué te ocurre, mamá? ¿Te encuentras mal? --- Ella le respondió --- No, hija. Es que temo haberte conducido a una vida monótona y difícil en la que nunca encontrarás compensación. -- Su hija respondió sonriendo: --- ¡Qué dices mamá! Tranquilízate. Yo soy muy feliz con mi vida. Tengo un marido que me quiere y está siempre a mi lado y unos hijos sanos y preciosos. Mi único problema es que me están saliendo arrugas --- Rompió a reír con una risa alegre y sincera y añadió: --- Anda, átate esa sandalia porque te vas a caer, y vámonos a dar un paseo por el campo.

          Elisa respiró aliviada y no le dijo que aún recordaba ella la visión de su primera arruga mientras ataba unas básicas sandalias de esparto.

          Durante el paseo y viéndola jugar y reír con sus hijos, descubrió que aunque no hubiera sabido conducir a su hija hacia la felicidad, no cabía duda de que la felicidad la había encontrado a ella.

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