* La dignidad perdida *
Sin ninguna duda Beltrán había sido un gran amigo, quizá el único amigo verdadero que Quique había tenido. Los dos formaban parte de la pandilla de la universidad, aquellos años únicos e inolvidables donde todos eran “niños bien”, que así se nombraban a los niños ricos, bien criados, bien vestidos, bien peinados, y casi todos con el “600” a la puerta de la facultad correspondiente.
La panda estaba dividida en dos grupos bien diferenciados: Una parte la componían chicos estudiosos y trabajadores que tenían la inteligencia suficiente para aprovechar las oportunidades de formación que les permitía el dinero de sus padres. A este grupo pertenecía Beltrán. El otro grupo lo formaban los demás, vagos y zoquetes, a quienes interesaba mucho más el bar de la facultad de Derecho que ninguna materia. Aparte y como llegadas de otra galaxia, estaban las chicas. Casi todas venían de la facultad de Filosofía y Letras, y en cierta clase de conocimientos y adelantos daban lecciones a listos y a tontos. Beltrán conectó enseguida con Quique y se pasó todo el tiempo que duró su carrera intentando llevarle por el buen camino, pero no lo consiguió. Él acabó los estudios a su debido tiempo y desapareció casi por completo. Quedaron algunas llamadas, cada vez más infrecuentes, hasta que perdieron el contacto. Alguien dijo que Beltrán estaba trabajando en Alemania.
Cuando su amigo acabó la carrera, Quique siguió todavía un par de años haraganeando por la facultad durante las mañanas, y por las tardes reunido con el resto de haraganes en el bar del Riscal. Desgraciadamente su padre sufrió un fuerte revés de fortuna y, sin aclararle mucho la situación, lo puso a trabajar en la empresa de un amigo.
Fue entonces cuando volvió a ver a Marita. Ella era una de las chicas del grupo procedente de la facultad de Letras y estudiaba Lenguas Muertas, cosa que a él le parecía una sandez. Si estaban muertas ¿para qué servían? Por lo visto ella debió pensar lo mismo a la mitad de la carrera porque la dejó sin terminar. Empezaron a salir y poco a poco fueron formalizando.
Marita era una chica que cuando entraba en el bar de la facultad de Derecho hacía que la cafetera se encendiera sola. Vestía las faldas más “tubo” que pudieran existir y unos jerséis de cuello alto tan ajustados que no le hacía falta enseñar ni un centímetro de su blanca piel para congregar alrededor de ella a toda la clientela que hubiera en ese momento. Era la bomba. Y de repente Quique se veía llevando del brazo aquel sueño de mujer y hablando seriamente de matrimonio. Tan seriamente que, antes de lo aconsejable, estaban delante del altar dando el “sí quiero” de rigor. El novio afortunado se preguntaba a sí mismo: “Quique, ¿qué has hecho para merecer este regalo?”
Los padre de él les habían comprado un bonito piso en una zona elegante y los padres de Marita les habían preparado un fastuoso ajuar que hizo las delicias de las mujeres de la familia. Lo que Quique no sabía aún era que se había casado con una compradora compulsiva con una preferencia notable por lo mas caro. Lo vio claro cuando empezaron a llegarle las facturas de las tiendas más exclusivas del momento. Pero no le importó en absoluto. Se sentía el tipo más afortunado del mundo llevándola a su lado y viendo de reojo cómo la miraba la gente que se cruzaba con ellos. Y por las noches, cuando se ponía alguna de aquellas cositas diminutas y transparentes, su felicidad llegaba al grado del éxtasis.
Fue por entonces cuando su padre le dio la desagradable noticia de que sus negocios se habían ido definitivamente a pique y que estaba en la ruina más absoluta, por lo que en el futuro tendrían que arreglárselas ellos solitos. Él y su madre se trasladaron al pueblo norteño de donde procedían y donde tenían una casita, con la idea de que su escasa economía actual les bastaría para vivir allí dignamente. A partir de aquel momento, el joven matrimonio fue cuesta abajo a gran velocidad.
Aparecieron los números rojos, las discusiones eran cada vez más frecuentes y Marita empezó a faltar de casa con ausencias cada vez más largas y pretextos más banales. Hasta que un día desapareció para siempre acompañada de un inmenso equipaje. Quique se vio solo, dolido y cargado de deudas que no sabía cómo iba a pagar.
Llevaba algún tiempo en esta penosa situación cuando volvió a ver a Beltrán. Su viejo amigo casi no le reconoció. Le dio un fuerte abrazo y mirándole de arriba abajo le dijo seriamente: “¿Qué te ha pasado, amigo? Vas hecho un asco. ¿Estás enfermo?” Él entonces volvió a abrazarle y sintió sus ojos húmedos. Como siempre, Beltrán supo lo que había que hacer. Le cogió por los hombros y dijo: “Vamos, necesitamos una copa”. Y le dirigió a un bar cercano.
Allí, Quique le contó lo que había sido su vida desde que se separaron, pero no tuvo valor para decirle que su esposa había sido aquella Marita que estaba en los sueños de todos los compañeros. Él le escuchó con tristeza y al finalizar le dijo: “Necesitas salir de aquí y distraerte un poco. Pienso pasar el próximo “puente” en una playa del Sur donde tengo un apartamento y tú vas a acompañarme. Tomaremos el sol y por la noche iremos al casino a probar suerte. Recordaremos los viejos tiempos y lo pasaremos bien, ya lo verás”.
Y allá se encaminaron. Tal como Beltrán había planeado, pasaron la mañana en la playa y por la noche fueron al Casino. Quique llevaba encima todo el dinero que le quedaba para pasar el mes, que no era mucho, y guiado por su amigo se dirigieron a la mesa de la ruleta. Como no estaba ducho en aquellos juegos, puso sus fichas donde su amigo le indicó y mira por donde salió su número. En la próxima tirada volvió a salir su número, y en la siguiente y, a partir de ahí, fue como un vértigo incontrolable. La mesa se vio rodeada de espectadores admirados de su buena suerte, y sólo cuando Beltrán le dijo feliz “¡amigo, has ganado un millón de euros!”, se dio cuenta de lo que ocurría. Sin poderlo evitar se desmayó, y al despertar se encontró en un sillón siendo reconfortado por varias personas y un coñac. Cuando se repuso, todo fueron abrazos y risas en medio de entrecortadas frases de agradecimiento a su querido amigo.
Acabados los trámites financieros, bajaron al restaurante, donde ordenaron una magnífica cena. Después pidieron dos copa y una botella de un coñac carísimo y se dirigieron a los jardines del Casino, y allí, sentados en el césped, medio trompas y felices como niños, empezaron a hablar de la Universidad.
En un momento determinado salió el tema de las chicas y Beltrán dijo: “¿Te acuerdas de Marita? Aquella chica nos traía a todos locos. Estaba dispuesta a pescar a alguno del grupo y para hacerlo no dudaba en ofrecerse a cualquiera que se le pusiera tierno. A mí estuvo a punto de engancharme pero paré a tiempo”. Hizo una pausa y añadió sonriendo con picardía: “En la cama era una locura”. A Quique se le pasó la borrachera al momento y miró a su amigo con una profunda angustia. Él debió ver algo raro en su cara porque se puso serio y le preguntó: “¿Estás mal, Quique? Tienes la cara descompuesta. ¡No irás a desmayarte otra vez!” Cuando pudo hablar le respondió con dureza: “Así que… ¿tú también te acostaste con mi mujer?” Beltrán, sorprendido, se levantó de un brinco y gritó fuera de sí: “¡Por Dios, Quique! ¿Te casaste con ese “pendón”? ¡Cómo pudiste, cómo pudiste!”. Aquella pregunta no tenía respuesta por su parte. Y lo peor fue que descubrió que, muy en el fondo, había sabido siempre con quién se casaba. Pero que fuera precisamente su amigo más querido quien le hubiera hecho admitirlo le causó un dolor insoportable.
Ahora seguro que Beltrán perdería el poco respeto que sintiera por él y ni siquiera con el dinero que tan fácilmente acababa de ganar sería capaz de recomponer su dignidad hecha pedazos. Quedaron un rato en silencio. Quique sintió frío y bebió un larguísimo trago de coñac, y pretendiendo una sonrisa le dijo a su amigo quien aun nervioso había vuelto a sentarse a su lado: “Cálmate Beltrán. Todo eso ha quedado ya muy atrás. Voy un momento al servicio a refrescarme la cara. Enseguida estaré bien”. Y añadió: “Solo te pido una cosa, compadéceme pero, por favor, no me juzgues”. Subió directamente a la terraza con la idea de que, por primera vez en la vida, iba a hacer por sí mismo algo importante.
Beltrán permaneció sentado sobre el césped del jardín con la cabeza entre las manos. Como en una pesadilla oyó gritos de gente pidiendo ayuda y el sonido de una ambulancia. Permaneció allí mucho tiempo, sin moverse, dejando que las lágrimas refrescaran su alma dolorida. |
Disculpa mi falta de conocimiento¡¡¡ no se como referirme correctamente a lo que he leído, pero me ha gustado mucho, ...esta historia.., me ha llevado a pensar en el destino, si desde que nos criamos, decidimos ya nuestro futuro, hasta de la forma que menos pensamos.. siendo una cadena de acontecimientos, que cosas¡¡¡ Gracias Gracias, me he puesto a pensar una vez mas en el Gran Potencial, como seres existentes¡¡¡ y este final, dentro de mi mente, inesperado, pero tal vez un poco lógico dentro de la comprehensión que tenemos de las cosas, supongo.. me ha gustado Mucho, La dignidad perdida, Genial genial¡¡¡ Muchas Gracias Angel por tu Trabajo¡¡¡¡¡ admiro mucho esto¡¡¡¡ Un Abrazo de Energía¡¡¡
ResponderEliminar¡Hola, Pedro!:
EliminarMi papel en este Blog es sólo el llevar la parte técnica de editarlo e incluir en él lo que la Autora de los Relatos me remite, persona con la que coincidí en un taller literario y que, por lo que veía de valor en sus escritos, tanto en prosa como en verso, le propuse colaborar con ella para editárselos en Internet. Figura entre mis Blog porque lo "abrí" yo.
Así pues, es a Sylvia a quien tenemos que agradecer lo que nos ofrece del arte peculiar y exquisito que tiene todo lo que escribe.
Gracias por expresar tu sentir. Me encargaré de que ella lea tu comentario, pues no entra mucho en la Red, por cuestión de tiempos de aplicación a la familia.
Un abrazo.
Att Pedro¡¡¡¡
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