* Aventuras y desventuras de “La Flaca” *
“La flaca” se paseaba aburrida por los senderos de aquel pequeño cementerio, arrastrando tras de sí una pesada guadaña sin el menor estilo ni compostura. Caminaba reliada en su capa, con la capucha calada hasta el mentón y tiritaba de tal manera que sus huesos sonaban como una caja de bolillos.
Iba leyendo las inscripciones de las lápidas y cada una de ellas la deprimía más que la anterior: “Fulanito de Tal…falleció a los 90 años. Zutano de Cual… muerto a la edad de 98 años. Perengana de Pascual. 1901-2007. Aquello le dio la puntilla.
--Estoy helada—refunfuñaba—y las rodillas me están matando. ¿Pero es que en este pueblo no se muere nadie? ¡Claro, tanto árbol, tanto río de aguas limpias, tanto aire puro, así no hay quien trabaje! Y además, todo el santo día pueblo arriba, pueblo abajo, cargando con este trasto tan inútil e incómodo, sin poder entrar en ningún sitio porque no hay nada que hacer. Aquí, aquí quería yo ver a los jefes que están tan dispuestos a mandar. ¡Qué castigo, señor! Y todo porque cometí un pequeño error. Trabajando desde los tiempos de Adán y Eva con la eficacia y honradez que me caracterizan, meto la “gamba” una vez y me sueltan los perros.
Y lo que ocurrió fue que me equivoqué de adosado. ¡Son todos tan parecidos! Cierto que yo noté bastante resistencia en el individuo que me llevé, pero en el pecado tuve la penitencia. ¡Qué viaje me dio el muchacho! Que si esta no puede ser mi hora, que si me caso el mes que viene y no me van a devolver el dinero del banquete, que lo tengo ya pagado, que si qué le digo yo ahora a mi madre y a mi novia… Al final, tuve que zumbarle un guadañazo para que se callara porque no había forma de hacer carrera de él. Pero lo peor estaba por venir.
Cuando llegué a mi destino y entregué el encargo empezó la fiesta. ¡La que me cayó encima! Me dijeron de todo menos bonita. Yo argumenté que bueno, que devolvería el encargo y ya está, pero me contestaron muy secamente que tenían otros planes para mí. Me eché a temblar. Pero creo que lo que más me molestó fue que al pasar junto al “paquete” equivocado me dijo entre dientes con una sonrisa perversa: “Ahora te la vas a cargar por idiota”.
Y aquí estoy, en este pueblo tan sano del Pirineo en donde un fallecimiento es tan comentado como la llegada del hombre a la Luna. ¡Cómo echo de menos los tiempos de la Edad Media! Aquello sí que era trabajar a gusto. Cualquier bichillo que se caía a un pozo, cualquier batallita entre reyes vecinos y la guadaña era insuficiente para recoger a tanta clientela. ¡Ah, qué tiempos!
Y “la flaca” siguió dando vueltas por el pueblo, no ya buscando clientes que sabía que no había, sino buscando algún rayo de sol que le calentara los viejos huesos, cada vez más entumecidos. Para animarse, tarareaba una cancioncilla que había escuchado en alguna parte: “Por un beso de “la flaca” daría lo que fuera…”.
Y así continuaría hasta que recibiera el aviso de que su destierro había terminado. |
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