sábado, 10 de noviembre de 2012

Canción triste de Ofelia

* Canción triste de Ofelia *

          En los países del norte los veranos son cortos y los inviernos largos y tenebrosos. En aquellas costas el mar combate continuamente impulsado por un viento gélido. Las crestas de espuma parecen querer elevarse hasta el cielo y a los pobres mortales que, por error, acercan sus barcos a las orillas rocosas, la fuerza de las olas los destroza en segundos y los arrastra a las profundidades más negras del océano. No es tierra para humanos. Tal vez por eso los espíritus atormentados vagan por aquellos rincones del planeta, flotan sobre las aguas o invaden los recios castillos de antiguos muros cubiertos de verdina. Se cuenta que, por las noches, se les ve recorrer las murallas mientras que el viento huracanado se despeina furioso entre las almenas.

          Pues bien, en un rincón de ésos nací yo en el seno de una noble familia cercana en parentesco a los reyes de mi país. En un castillo antiguo y sombrío me crié y fui educada para ser la esposa del heredero de la corona. Mi prometido y yo crecimos juntos y puedo asegurar que mi corta vida fue una primavera continua, adornada siempre con las flores de la inocencia y del amor. Así llegué a la juventud donde empezaría para mí el terrible invierno de mi vida.

          El príncipe había sido formado por su padre con gran esmero y rigor y, para completar su educación, el rey había decidido que su heredero debía conocer mundo. La reina aplaudió encantada esa decisión. Después de un detenido estudio y preparación, llegó el día de la partida.

          La despedida fue triste para mí. Acompañaban al príncipe un viejo y querido amigo además de una pequeña escolta adecuada a su categoría. El rey abrazó a su hijo con los ojos húmedos. La reina lo colmó de besos con una sonrisa radiante. Pero en un rincón de aquella sonrisa yo creí ver un punto negro y profundo que, sin saber por qué, me hizo estremecer.

          Al despedirse de mí, mi amado me miró con sus ojos de un azul profundo y acercando sus labios a mi oído susurró: “No temas por mí, mi dulce Ofelia. El tiempo pasa deprisa y pronto estaremos juntos para siempre. Prepara tu ajuar de novia. Borda tu nombre y el mío enlazados en un mismo corazón. Y cuando te sientas sola, sube a la muralla al atardecer y recuerda nuestros encuentros secretos, nuestras caricias, y contempla las estrellas que tanto gustamos de ver juntos. Mándame tus besos a través de ellas y espérame siempre, espérame…”

          En ese momento me sentí morir de amor por él, pero también presentí que en aquella fría mañana le perdía para siempre.

          Mi prometido pasó un año fuera de casa. Fue un año largo y tedioso aunque marcado por dos grandes acontecimientos: el rey, mi buen rey, murió repentinamente mientras dormía en su jardín sin que los médicos pudieran aclarar el motivo. Aquello fue una terrible desgracia, pero antes de que hubiéramos podido enjugar nuestras lágrimas, la reina anunció su inminente boda con el hermano de su difunto esposo. Apareció en el gran salón espléndida, vestida de rojo de pies a cabeza, ciñendo su corona, y a su lado ricamente ataviado y tomándole la mano, su cuñado derramaba satisfacción. Aquello dio lugar a un sinfín de murmuraciones.

          Enterado el príncipe de la muerte de su padre regresó tan pronto como pudo. Llegó de madrugada y yo, impaciente, corrí hasta el patio del castillo a recibirle. Los reyes habían bajado ya y parecían tensos y expectantes. Los viajeros cruzaron el puente y pude ver a mi amor triste y sombrío, vestido de negro de pies a cabeza y con la imagen del dolor en el semblante

          Le vi acercarse a su madre, quien se lanzó hacia él, y pude percibir la frialdad del príncipe al devolverle el abrazo. Al nuevo rey lo ignoró por completo. Entonces, me acerqué al hombre que amaba tanto quien, para mi sorpresa, me envolvió en una mirada larga y vacía y se alejó como si no me conociera.

          Corrieron los días y los meses y la actitud del príncipe no cambió, ni para mí ni para nadie. Se pasaba horas en sus habitaciones o bien paseando por las almenas del castillo. Le rogué que me permitiera acompañarle, tratando inútilmente de hacerle volver a un pasado venturoso y no tan lejano. Pero todo fue en vano.

          Un día, sorprendí a los reyes hablando con mi padre de acelerar nuestra boda, la cual querían celebrar lo antes posible. Pero yo había ya decidido que jamás me casaría con aquel hombre convertido en un desconocido para mí y con un único pensamiento en su mente: vengar a su padre. Y tomé una determinación. La muerte no podía ser tan mala y seguramente mucho menos fría que las habitaciones de aquel horrible castillo y una vida sin mi amor.

          Fue una noche lluviosa. El viento aullaba en las almenas y supe que ése era el momento. Una fuerza poderosa me empujaba escaleras arriba. Cuando llegué a lo alto de la muralla, la lluvia empapó mi cuerpo y el aire me envolvió en un abrazo fuerte y cálido. El cielo estaba cubierto de negros nubarrones y no podía ver las estrellas pero yo sabía que estaban allí. Mis pies me llevaron al mismo borde de la pared, abrí los brazos y… volé… volé…

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