sábado, 10 de noviembre de 2012

Un cuento intemporal

* Un cuento intemporal *

          Tres almas bienaventuradas paseaban apaciblemente por la eternidad. Charlaban de esto y lo otro, lentamente, con pausas largas y reflexivas, y aunque el concepto de tiempo y espacio habían desaparecido para ellas, eran conscientes de que hacía muchos años que habían dejado la tierra y se habían convertido en amigos inseparables.

          En sus paseos coincidían con otras almas que, como ellos, habían alcanzado la paz eterna y con todos departían amistosamente, sin prisas, disfrutando de la charla y de la mutua compañía.

          Pero había una en particular que les atraía de una manera especial y con quien nunca se habían atrevido a conversar. Era el alma de un hombre muy anciano, siempre distante y solitario, de semblante afable y bondadoso, quien parecía estar recogido en profundas reflexiones y actitud de oración.

          Un día, las tres almas amigas se cruzaron una vez más con este personaje. Le miraron con curiosidad pero les infundía tanto respeto que no se atrevieron a abordarle. Fue el otro quien descubrió su atención y sonriente se acercó a ellos.

          --¿Por qué me miráis con tanto interés?-- les preguntó.

          --Perdona nuestra curiosidad pero los tres nos sentimos poderosamente atraídos por ti y te vemos siempre tan solitario que tememos invadir tu intimidad --dijeron ellos.

          --No temáis nada. Yo os conozco bien y me siento feliz de veros tan unidos y en tanta armonía. Decís que voy callado y meditando y decís bien. Hago oración para que vuestros hermanos en la tierra alcancen el entendimiento y la amistad que veo en vosotros. Ellos han perdido la idea del bien y del mal, y la ambición, la avaricia y la intolerancia les hacen no reconocerse como hermanos.

          Asombrados ante aquellas palabras uno de los amigos le preguntó:

          --Dices que nos conoces, ¿cómo es eso y de qué nos conoces?

          Aquel hombre sonrió y les dijo:

          --Yo sé que tú eres judío, tú cristiano y tú musulmán.

          --¿Cómo puedes saber eso? Aquí no existen esas diferencias.

          Entonces, aquel hombre bienaventurado respondió con profunda emoción:

          --Lo sé porque yo soy Abraham, el padre de todos vosotros. Yo os enseñé a todos el sendero de la paz que Dios me había marcado, pero poco a poco fuisteis torciendo vuestros pasos y habéis llevado el infierno a la tierra. Por eso rezo, para que todos mis hijos, al igual que vosotros, encuentren el camino que les conduzca a la paz eterna.

          Desde aquel día sin fecha y sin horas, pudo verse a los tres amigos acompañando al anciano en sus paseos sin tiempo ni espacio, teniendo ante ellos toda una gozosa Eternidad.

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