domingo, 30 de septiembre de 2012

Rapsodia en gris

* Rapsodia en gris *

          Llueve. Un día, otro día y otro más.

          El cielo ha cogido su paleta de colores fríos y parece haberse enamorado de ellos. ¡Cuántos grises! ¡Cuántos azulones! ¡Cuántos platas! A veces el sol quiere asomarse para contemplar aquella sinfonía armoniosa de tonos neutros, pero el cielo no se lo permite. El sol entonces se oculta y finge no estar interesado en el asunto, pero inesperadamente se asoma agazapado detrás de una nube color topo ribeteada por un blanco roto. Es inútil. La ciudad le delata porque ella ansía verle y un murmullo contenido de gozo y satisfacción se eleva hasta el cielo. Éste se encrespa soberbio y nuevas nubes de un gris plomizo lo vuelven a cubrir. Y llueve otra vez. Y otra.

          La ciudad se entristece. No se da cuenta del magnífico espectáculo que se alza sobre ella. Los balcones se cierran. Algunas persianas se bajan. Y la gente intenta distraerse como puede, sin saber que bastaría con levantar la cabeza y observar el cielo.

          Siguen las nubes con su danza: “Rapsodia en Gris”, una partitura bella y sin fin al compás de la lluvia, siempre la lluvia.

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