* Hadas del bosque *
La mañana era cálida y luminosa. La tarde anterior había caído un pequeño chaparrón y la humedad había impregnado el campo de distintos olores, predominando entre todos la fresca fragancia del pino, su propia fragancia.
Aquel pino tenía pocos años de vida, una vida que comenzó casualmente, como un milagro, cuando el viento sopló su semilla de acá para allá, hasta quedar anclada en una pequeña grieta del terreno. Luego, después de un tiempo de letargo, llegó la lluvia y, poco a poco, la semilla empezó a convertirse en el joven y fuerte árbol que era hoy. Le faltaba aún mucho tiempo para llegar a la altura de los árboles más antiguos de su vecindad, los grandes pinos del bosque, que se pasaban el día susurrándose secretos los unos a los otros, mecidos por la suave brisa que llegaba del mar.
Su vecino más próximo era una gran mata de romero que le superaba en edad y aún exhalaba un delicioso perfume y, cuando florecía, se llenaba de pequeñas flores azules que, al recibir el tierno beso de la madrugada, brillaban como cuentas de cristal. Él fue quien le enseñó día a día a conocer y a distinguir a todos los pequeños animales que pasaban por allí: pájaros, insectos y algún que otro conejo despistado que buscaba aceleradamente el camino de la charca donde bebía.
La mañana en cuestión el joven pino no había descansado bien porque una lechuza estuvo toda la noche haciendo ruido. El pájaro tenía un polluelo en el nido y volaba sin descanso buscando comida, ya que el pequeño sacaba la cabeza por un agujero y reclamaba con fuerza el alimento que necesitaba.
Desvelado, vio llegar la aurora y paseó una mirada sobre su vecindad. El bosque iba espabilando lentamente, sacudiéndose con pereza las gotas de agua que el rocío y la lluvia de la tarde anterior habían derramado sobre él. Y un poco después, cuando el horizonte se cubrió de púrpuras y oros, un rayo de sol, el primero de la mañana, fue a caer al lado del joven árbol. Entonces quedó deslumbrado.
Allí, sobre la verde y fresca hierba había surgido algo nuevo que le pareció bellísimo. Eran unas formas blancas, de una pureza virginal, que se elevaban sobre un pequeño tallo verde. Nuestro pino pensó que se trataba de un grupo de hadas de la noche que, tal vez, distraídas con sus danzas, les había sorprendido el amanecer quedando en esa forma estática y deliciosa.
Cuando pudo salir de su contemplación, llamó a su amigo, el romero, que aún seguía aletargado. “¡Romero!, ¡Romero, despierta! ¡Mira qué cosa tan extraordinaria nos ha traído la noche!” El romero, bostezando, miró a su alrededor con desgana y al fijar la vista en el suelo iluminado por el sol dijo alegremente sorprendido: “¡La primavera ha llegado! ¡Ya han nacido los lirios!” “Entonces -preguntó el pino con desilusión-, ¿no son hadas?”. “No, mi querido amigo. Son flores silvestres, quizá las flores más bellas y desconocidas que existan. Son todavía más delicadas que las rosas e incluso que las violetas.”
“En ese caso, podremos disfrutar de ellas toda la primavera” -comentó el pino complacido-. “No lo creas -le informó su amigo y maestro-, la belleza del lirio es tan preciosa y efímera como la vida. Debes disfrutarla hoy intensamente porque quizá mañana, cuando el mar vuelva a teñirse de oro y se escuche el canto de la alondra, los lirios ya no estarán aquí. Se habrán transformado en otra cosa. Su simiente estará esparcida por el bosque y tal vez vuelvan a estar con nosotros la próxima primavera. Mientras tanto, recuérdalos y sueña con ellos.”
Tuvieron que pasar muchos años y muchas primaveras, tuvieron que nacer y morir muchos lirios silvestres para que el joven pino, cuando su bella copa formaba ya parte del techo del bosque, viviera en profundidad el consejo de su amigo. |
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