* El pozo de la verdolaga *
La casa era por fuera como la mayoría de las casas de aquella calle, pero para la niña que yo era entonces, era algo diferente. La casa de tita Rosario era un mundo hecho de luz blanca: paños primorosamente bordados, cortinas de encaje almidonadas, metales relucientes, pedestales con macetas de hojas tan brillantes que parecían barnizadas y un olor permanente a membrillos, melocotones o manzanas. Y yo amaba aquel mundo.
Al fondo de la casa y subiendo un par de escalones, una puerta grande de cristal de colores se abría a un patio cubierto, donde las plantas de flor, las palmeritas y las cómodas mecedoras invitaban a la reposada tertulia en los días del verano.
Dado que mi estancia en aquel pueblo transcurría durante las vacaciones estivales, aquella era la zona donde mi madre y mis tías tenían sus agradables reuniones, mientras degustaban un café de pucherete y alguna perrunilla casera, que eran mi golosina preferida.
De ese patio arrancaba una ancha escalera de baldosas de preciosa cerámica que conducía a lo que para mí era el “sancta sanctórum” de aquel paraíso: el corralón.
--“¡No subas al corral, niña! ¡Deja en paz a las gallinas y a los conejos! ¡Y no te asomes al pozo!”
¡Ay el pozo! ¡Cómo iba yo a obedecer si aquel pozo era para mí el mayor atractivo del corralón! Al pie de uno de sus lados había un rústico peldaño formado por unos cuantos ladrillos y, encima de ellos, un pedazo de pizarra sobre la que me empinaba para asomarme a la oscura sima de su garganta.
Lo primero que se veía eran las matas de verdolaga, fresca y jugosa, de un verde característico que ninguna otra planta tiene. La verdolaga era la guardiana indiscutible de los secretos del pozo. Más abajo de las matas, unas piedras picudas sobresalían de las paredes y te avisaban de que a partir de ahí entrabas en terreno prohibido.
Pero mis ojos iban más allá y seguían bajando hasta verme reflejada en las aguas donde habitaba la ninfa del pozo, quien tenía mil historias para las niñas a las que no les deba miedo asomarse. A la caída de la tarde, cuando el corralón empezaba a oscurecerse, podía ocurrir que la luna pasara por allí y, curiosa como yo, se acercara al brocal para ver su reflejo. Aquel espectáculo merecía la regañina que me esperaba, porque mi madre, cansada de llamarme sin que yo la oyera, subía a buscarme y entonces la cosa se ponía fea. ¡Cuántas veces me asomé a aquel pozo y cuántas aventuras soñé haber vivido dentro de él!
Pocos años más tarde me llegó la hora de leer “Platero y yo” y vi con gran asombro que Juan Ramón había sentido por su pozo la misma fascinación que sentí yo por el mío. Él decía: “…¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!...”
Leyendo aquellas bellas frases comprendí con toda claridad lo que en mi infancia había sentido mi alma. |
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