* La magia de la respiración *
y
* Primeras reflexiones *
Cuando se estudian las funciones corporales, se habla de que hay ciertos movimientos de nuestro cuerpo que son voluntarios y otros son involuntarios, y a este último grupo pertenece la respiración. Es algo que nace contigo y a lo que no le prestas la menor atención, hasta que llega el momento en que tienes que hacerlo. Algo así me ocurrió a mí.
Viví un montón de años respirando automáticamente y llegó un día en que me casé y quede embarazada. Por entonces yo había leído en algún sitio que un ginecólogo, el doctor Aguirre de Cárcer, estaba experimentando métodos nuevos con las embarazadas para hacer el parto lo más natural y soportable posible. Como este médico no trabajaba en mi ciudad, me compré su libro y empecé a leerlo con gran interés, y cuanto más leía, más y más interesante y lógico me parecía.
Se partía de la base de que, si desagradable era el parto para la madre, tampoco era un placer para el bebé, y había que procurar que su paso a través de nuestro cuerpo fuera lo más fácil y menos arriesgado posible.
También había en su método otro punto importante, que nos decía que todo dolor se aminora cuando se conocen sus causas y, para ello, el libro seguía los pasos del embarazo desde el principio hasta el fin. Sus explicaciones iban magníficamente ilustradas y eran bastante evidentes las causas que provocaban los temidos dolores de contracción.
Y ahí es donde entraba como ayudante principal la respiración. Decía aquel médico que era fundamental ejercitar una buena respiración desde el primer día del embarazo, ya que a la hora del parto ejercería un protagonismo total.
Yo quedé completamente convencida por aquella lectura y me puse manos a la obra. Por primera vez respiré conscientemente, practiqué mi respiración torácica, la abdominal y la completa hasta conseguir una buena ventilación. Al avanzar la gestación, también practiqué los ejercicios de gimnasia recomendados.
Cuando llegó la hora del nacimiento de mi bebé, una comadrona, una enfermera y yo nos encargamos del asunto. Mi niña ayudó todo lo que pudo y, cuando triunfante vio la luz, puedo asegurar que fue el instante más mágico de mi vida. Al sentirla salir de mi cuerpo, mi mente siempre imaginativa, vio una preciosa trucha plateada escapando de entre unas manos, en medio de una corriente de agua cristalina. Tal vez fuera una premonición.
Desde aquí y esté donde esté, quiero agradecer al doctor Aguirre de Cárcer su valiosa ayuda para poder vivir aquella experiencia única.
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Y añado ahora un antiguo escrito que todo tiene que ver con la criaturita sobre la que me he expresado anteriormente:
Primeras reflexiones
Tengo que admitir que no soy una niña fácil. Mi mamá es una madre primeriza, cosa que no me ayuda, y mi papá también es primerizo, pero el pobre piensa que lo tiene todo bajo control. La pandilla familiar que me ha tocado dice que soy una niña muy seria y yo aún no puedo explicarles que ninguno de ellos me resulta divertido.
Para conseguir que me ría, cosa que parece esencial para mi desarrollo, me hacen gestos rarísimos, me bambolean y me mecen de acá para allá, cuando lo que yo quiero es estar cómodamente sentada en mi hamaquita, haciendo la digestión de mi rica comida y pensando en mis cosas.
Lo último ha sido terrible. Acabo de vivir mi segunda Navidad y mis padres han preparado la casa con gran ilusión: bolitas de colores, arbolito, nacimiento, no falta un detalle. Pero a mí lo que verdaderamente me preocupa es un enano calvo y llorón que se ha adueñado de mi cuna y que absorbe una gran cantidad de atención por parte de mamá. De vez en cuando me cogen en brazos para que pueda verlo y a mí no me parece nada interesante, así que no le hago ni caso y sigo pensando en mis cosas.
El día de Reyes, bien temprano, mis padres fueron a despertarme armando gran alboroto, me cogieron en brazos y me llevaron al salón. Había globos de colores por todas partes y, en medio de la alfombra, una enorme caja decorada con pequeñas figuras de animalitos. “Esto promete”, pensé. Con algo de ayuda conseguí abrir la caja y… ¿qué diréis que había dentro? Pues sí, ¡otro enano!, pero éste era rubio y con coletas. No lo quise mirar. Lo agarré por las trenzas y lo lancé encima de la alfombra. Luego, haciendo un esfuerzo, me levanté y ante la mirada de mis pasmados padres, conseguí sentar mi cuerpecillo dentro de la caja y a pequeños impulsos recorrí el salón en mi improvisado vehículo, pensando que así podría escapar de todos los enanos del mundo.
Mi juego resultó ser muy divertido y al mirar a papá y mamá buscando su aprobación, vi en sus caras tal expresión de desconcierto que lancé al aire la primera y sonora carcajada de mi corta vida.
¡Padres! ¡Quién los entiende!
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