* La ola de frío polar *
Se anunció a bombo y platillo en todas las televisiones y aparecían tantas imágenes de bellos paisajes nevados, que aunque estábamos en el mes de febrero algunos esperábamos ver en cualquier momento las burbujas de Freixenet haciendo sus piruetas habituales.
Las amas de casa andaban revueltas, y sus centros de reunión y debate eran los comercios que solían visitar a diario. La carnicería de Cosme era un lugar muy apreciado por las señoras del barrio, casi todas ellas de la tercera edad, ya que eran clientas conocidas desde que eran jóvenes madres. Cosme las atendía a todas con afecto y solicitud, y desde sus jubilaciones se había sabido adaptar a su pérdida de poder adquisitivo y a sus maltrechas neuronas.
Aquella mañana había un tema especial y recurrente.
--Buenos días, Cosme. ¡Que frío hace!
--Sí señora, sí. Parece que eso de la ola polar va en serio. ¿Qué desea usted hoy?
-- Poca cosa. Tengo algo en el congelador pero quiero poner un caldito para entonarnos, así que, ya sabe usted, lo de siempre.
Entra una nueva clienta, muy mayor ella.
--Buenos días. ¡Qué frío hace…! -- La clienta antigua le responde:
--Claro, Joaquina, es el frío que viene del Polo.
--¡Del Polo! ¡Qué barbaridad! – y añade bajando un poco la voz – Oiga, ¿y traen regalos?
-- No, Joaquina, se trata de una ola de frío, no de Papá Noé.
La señora mayor pone cara de no enterarse de nada y pide una pechuga de pollo en filetes. Después, insiste.
-- Pues yo creía que se trataba de algo bueno. Como lo anuncian tanto y están tan alegres… Creo que hasta los niños van a tener vacaciones.
Cosme renuncia a seguir el tema. Le corta los filetes y la señora se va sin pagar.
-- ¡Oiga! ¿no olvida usted algo, señora?
-- ¡Jesús, qué cabeza la mía! Me iba sin pagar.
-- No se preocupe. Ya estoy acostumbrado.
Salen las dos clientas y entra una nueva. También es mayor pero parece más llena de energía que las otras.
-- Buenos días. ¡Vaya mañanita de frío!
-- Sí señora. Hay que prepararse para la ola que viene.
-- Yo ya lo he hecho. Me faltaba comprar algo de carne, por si las moscas, y aquí estoy. Vaya usted poniéndome un puchero bien abundante. A mí no me coge la ola desprevenida.
-- Muy bien hecho, señora. Más vale prevenir que lamentarse después.
-- Eso no me va a pasar a mí. Lo primero que he hecho es comprar en “los chinos” un impermeable para cada uno de la familia. Los de los niños son una monería. El de mi nieta en rosa, con una Kitty que es un primor. El del niño es azul, con un Spiderman graciosísimo. Se van a volver locos cuando los vean. He acondicionado el trastero de la azotea, para que todos podamos estar cómodos si la cosa se alarga. He subido mantas y he preparado una despensa con comida para varios días, por si tardan en rescatarnos. A mí la ola esa no me la juega.
Cosme se ha quedado con el cuchillo en la mano a medio camino y la boca abierta. La señora continúa:
-- Pero se habrá dado usted cuenta de que quieren engañarnos una vez más. ¿Por qué insisten en llamarle “ola” y no la llaman por su nombre verdadero? ¡Sunami! ¿Es que quieren que nos ocurra como a los pobres chinitos? Ellos no fueron informados a tiempo y era un dolor verlos flotando en el agua sin tener donde agarrarse. Pero a mí no me la dan. ¡Tengo yo un ojo para estas cosas…!
Cosme, en un silencio dramático, baja la cabeza, y mientras despieza un pollo, calcula que con la situación actual, le faltan aun varios años para jubilarse. |
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