* Uno de vampiros *
El Conde Drácula abrió los ojos con cautela y, lentamente, se incorporó en su ataúd con un gesto arrugado que acusaba un fuerte dolor de espalda. Cada año le resultaba más difícil salir de aquel lecho, pues el tiempo y la humedad de su casa le iban pasando factura. Cuando consiguió enderezarse, se coló un raído batín de seda y unas pantuflas bordadas con su escudo que habían conocido mejores siglos.
Renqueando, cruzó la habitación y fue hacia la ventana, abrió los postigos y dijo con un suspiro: “Otra noche más…”
Se dirigió a la cocina para emprender la odiosa y rutinaria tarea de prepararse el desayuno pues hacía tiempo que estaba sin servicio. Muchos criados habían pasado por allí pero todos le habían abandonado. Por ningún motivo serio. Niñerías. Un mordisquito de nada y todos se habían marchado volando para montar su propia empresa.
Odiaba la cocina. Cargó bien la cafetera y se preparó unos huevos y unas tostadas. Mientras taciturno comía su revuelto con alguna cáscara, una tostada semi-cruda y otra semi-quemada, se dijo que debía cambiar de trabajo. Pero el conde estaba en el mundo, viajaba, leía la prensa y las noticias eran aterradoras: crisis, paro, nada que animara a empezar de nuevo. No. No era el momento del cambio.
Acabó su tercera taza de café y se dirigió al dormitorio. Allí, se colocó su uniforme y se encajó una imponente dentadura que había comprado en una tienda de disfraces para “halloween”, porque sus propios colmillos estaban desgastados por el tiempo y por su mala costumbre de cascar las nueces con la boca.
Abrió el balcón, extendió al viento su enorme capa negra y salió volando con desgana en dirección a Hacienda.
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