viernes, 18 de noviembre de 2011

Silencio

* Silencio *

Estoy sentada a la sombra
de aquel castaño señero
del que te hablé en un relato
de otras gentes y otros tiempos.
Por encima de su copa
la siesta cae sobre el pueblo
y en el sopor de la hora
me adormecen los silencios.

Silencio. Sólo el viento.

¿Recuerdas aquella historia
que era lo mismo que un cuento?
Se trataba de una ermita,
de unos amores y un duelo.
Hoy he vuelto a aquel lugar
donde ocurrieron los hechos
y bajo el viejo castaño
tan solo queda el silencio.

Silencio. Sólo el viento.

En el pueblo no se oyen
ni los ladridos de un perro.
Silencio sobre las mieses,
en la ribera lamentos,
y en la ermita sólo rezan
las zarzas y los recuerdos.
¡Qué consuelo dulce y mágico
me regala este silencio!

Silencio. Silencio. Sólo el viento.

Lo que sigue es el relato de aquella historia:
* La ermita de la ribera *

                    La historia que voy a narrar ocurrió hace quizá un par de siglos, en un lugar de la baja Cabrera de León.

          Esa tierra es muy conocida por nuestra familia, ya que hubo un tiempo en el que con frecuencia pasábamos las vacaciones de verano en un pueblo de la zona y hacíamos preciosas excursiones por los alrededores. Pero había una pequeña aldea de escasos habitantes a la que nunca podíamos faltar. Nos maravillaban sus castaños centenarios, sus verdes prados y su fuente antiquísima con un caño de agua pura y helada.

          Algo apartada del pueblo y a la orilla de la ribera que regaba aquellos campos, se podían ver las ruinas de una pequeña ermita rodeada de agreste vegetación. El hueco de su puerta inexistente nos invitaba a entrar y, sobrecogidos y algo asustados al principio, nos colábamos en aquel misterioso vestigio del pasado. El techo parecía parcialmente hundido hacía tiempo, pero aún podían verse restos de color en los capiteles de las columnas del atrio. Lo único que quedaba firme y erguido era el campanario, aunque huérfano de campanas. A la puerta de la ermita había un pequeño porche de piedra con bancadas a ambos lados, donde yo imaginaba discretos saludos y comentarios a la salida de Misa.

          Ocurrió que el verano pasado, después de varios años, volvimos de nuevo a aquellas tranquilas tierras y, cómo no, hicimos una excursión a “nuestra ermita”, como la llamamos en tono familiar. Al llegar vimos decepcionados que no podíamos entrar en ella. Las zarzas, de una altura y espesor imposible de atravesar, se habían adueñado de nuestro tesoro. Tratamos de encontrar algún hueco por donde colarnos, pero todo fue inútil. Solamente su campanario seguía asomando entre la maleza, desafiando orgullosamente al tiempo y a la desidia de los hombres. La rivera, preñada de un invierno de fuertes lluvias, saltaba ruidosamente a nuestros pies, y sus aguas al chocar con los grandes cantos rodados del fondo, repetían sin descanso una inquietante canción.

          Decepcionados y silenciosos volvimos al interior de la aldea y nos dirigimos a la fuente para refrescarnos. Allí, sentados en el pretil de su abrevadero, comentábamos nuestra fracasada visita cuando un anciano del pueblo con ganas de conversación se acercó a nosotros y nos disparó rápidamente las preguntas de rigor: de dónde veníamos, si conocíamos aquellas tierras anteriormente, si nos gustaban,… en fin, cosas por el estilo. Y como una cosa llevaba a la otra, aprovechamos para comentarle el mal estado de la ermita y la falta de interés por parte de las autoridades de la zona. El buen hombre dudó un poco al contestar, hasta que al fin dijo:

          -- "Esa ermita no interesa a nadie del pueblo porque dicen que está embrujada".
          Yo insistí en mi curiosidad:
          -- ¿Y eso por qué?
          Entonces, en tono cauto y confidencial, nos contó lo siguiente:
          -- "Va ya para dos siglos que este pueblo era más poblado y más rico y alegre de lo que lo es hoy. Había grandes campos de cereal y mejor ganadería porque los pastos eran abundantes y nutritivos. Teníamos mercado una vez a la semana y nadie del pueblo pasaba hambre.

          Vivía aquí por entonces un labrador, dueño de buenas tierras y ganado. Tenía dos hijos, guapos mozos y trabajadores como su padre. También vivía a las afueras del pueblo y a la orilla de la ribera, un molinero con su mujer y una hija. Los chicos y la joven habían jugado juntos cuando niños, pues el labrador daba al molinero bastante trabajo con sus cargas de grano. Pero al hacerse mozuelos, los dos muchachos empezaron a mirar a Paulina con ojos tiernos. La moza sentía inclinación por Santiago, el más joven.

          Los enamorados conocían los sentimientos de Juan, el otro hermano, y por no hacerle sufrir, se veían a escondidas en el porche de la ermita. Una tarde de invierno empezó a llover como si el cielo entero quisiera venirse abajo. Parece ser que los jóvenes amantes estaban en la ermita y al querer cruzar la rivera Paulina no pudo conseguirlo y la arrastró la corriente. La buscaron durante mucho tiempo río abajo y nunca se encontró su cuerpo".

          -- ¡Qué historia tan triste!, comentó mi hija, a lo que el narrador contestó:
          -- "Sí que lo es. Dicen que el pobre Santiago enfermó de pena sintiéndose culpable por no haber podido ayudarla. Los padres de Paulina también culparon al chico de su muerte, pero como eran buenas personas, al final comprendieron y apreciaron al mozo por el amor que tuvo a su hija

          Pero ocurrió que alguien empezó a decir que en la ermita se oían voces de mujer pidiendo ayuda. Santiago fue allí y reconoció la voz de Paulina flotando sobre las aguas. Su padre, temiendo que su hijo enfermara de nuevo, vendió sus posesiones y se marcharon de allí para siempre.

          La gente del pueblo siguió oyendo esas voces y poco a poco la ermita se fue abandonando. Y así ha quedado".

          No sé si la historia será cierta, pero como nos la contaron la cuento.


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