miércoles, 14 de diciembre de 2011

Amaneceres

* Amaneceres *

           Un joven decidió recorrer el mundo en busca de la belleza. Visitó pueblos, ciudades y países, siempre buscando y buscando.

           En su peregrinaje encontró cosas y lugares maravillosos con los que nunca había podido soñar, y al final llegó a la conclusión de que lo más bello que había visto era un amanecer a la orilla del mar.

           El joven se sintió satisfecho por algún tiempo, pero más tarde empezó a preguntarse: “¿Será este amanecer a la orilla del mar el más bello del mundo?”.

           Esta pregunta le inquietaba continuamente y, tras mucho darle vueltas, decidió ponerse otra vez en camino para conocer distintos amaneceres y poder juzgar cuál era el más bello.

           El muchacho emprendió entonces una marcha alrededor del mundo, siempre buscando bellos amaneceres.

           Contempló la salida del sol desde los escenarios más diversos, y cuanto más veía, más dudaba y más lejos estaba de la respuesta.

           En su largo viaje, que duraba ya años, llegó a una cadena montañosa, cubierta de nieve, que parecía la cima del mundo. Era tan alta y tan hermosa que no se sabía bien si se encontraba sobre la tierra o se descolgaba desde el cielo. Estaba en Asia, y aquel macizo enorme y orgulloso era el Everest.

           El joven quedó fascinado al verlo. “¡Ahí, ahí arriba es donde tengo que ir! Desde ahí se podrá ver el más bello y majestuoso amanecer del mundo”.

           Y sin encomendarse a Dios ni al diablo, se hizo de unas cuantas provisiones y pertrechos y comenzó la ascensión.

           Aquello era realmente duro, muy duro, y mucho más cuanto más ascendía. Pero el muchacho subía con un ansia imposible de controlar. Las piernas le dolían terriblemente, el frío era insoportable, pero nada le detenía. Con los labios medio congelados y una mirada febril en sus ojos, se repetía: “Tengo que llegar antes de que amanezca”. Y así un día y otro.

           Pero sus fuerzas se agotaron y se sentó en un repecho a descansar. La nieve empezó a caer blandamente y le fue cubriendo, pero el seguía repitiendo: ”Tengo que llegar…”. Y agotado se durmió.

           Cuando despertó se encontró en una habitación pequeña y caldeada. Una manta de alegres colores daba calor a su entumecido cuerpo y vio su ropa secándose cerca de una chimenea que crepitaba alegre. Respiró profundamente y volvió a dormirse.

           Cuando despertó de nuevo, pudo ver junto a su cama a un monje anciano con una humeante escudilla entre las manos. “Bebe esto ahora que está caliente. Necesitas reponer fuerzas”. El joven bebió la sopa con avidez y volvió a derrumbarse sobre la almohada.

           Al cabo de unos días el chico se encontró restablecido. Se enteró de que estaba en un pequeño monasterio budista en la montaña y que fue un monje quien lo encontró medio muerto entre la nieve.

           Paseaba un día por el monasterio acompañado de su enfermero cuando éste le preguntó: “¿Se puede saber que hacías tu sólo perdido por estos lugares tan inhóspitos?”. El chico le contestó: “Quería llegar a la cima de la montaña para ver el amanecer”. El anciano rió divertido y comento:

           “¡Qué capricho tan curioso! ¿Y para qué querías hacer eso?”. “Porque he visto muchos amaneceres y quiero saber cuál es el más bello”.

           El monje se puso serio, le miró largamente y, tras unos minutos de silencio, respondió: “Es inútil que busques eso, porque el amanecer más bello está dentro de ti. Cada día amanece para ti con un montón de oportunidades para llenar tus horas de cosas distintas a las que habías hecho antes, y de ti depende que te conduzcan o no a la felicidad y a la belleza”.

           El joven se sintió impresionado y conmovido por las palabras del monje. Se quedó en el monasterio por algún tiempo y después regresó a su casa convencido de haber encontrado el más bello de todos los amaneceres.

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