* Nada más que un cuento *
Todas las noches se iba a la cama con la misma ilusión y esperanza: “Quizá mañana sea el día”.
Aquella tarde la había pasado haciendo su trabajo vigilado atentamente por su madre, quien cada día lo encontraba más despistado e inaccesible. Le tomaba la cara por la barbilla y le hacía sacar la lengua al máximo posible, pues decía que lo veía pálido y que su apetito no era tan bueno como solía ser. Él soportaba este acoso materno con paciencia al principio, pero cuando los músculos faciales empezaban a adormecerse, protestaba y aseguraba que se sentía mejor que nunca. Luego, engullía una cena bastante copiosa, y con el postre en el gaznate se levantaba de la mesa y salía pitando.
Una vez en su cuarto se miraba al espejo y se encontraba exactamente igual que la última vez que se miró. ¡Qué despacio pasa el tiempo cuando se quiere crecer!
Se dormía pensando en ella. Había conseguido escamotear una tiza rosa que ella había usado varias veces comentando que era su color favorito, la ponía debajo de la almohada y, cuando se levantaba, sacudía enérgicamente el pegadizo polvo y guardaba la tiza dentro de una caja de zapatos llena de cromos antiguos que eran su mayor tesoro: Zarra, Kubala, Gainza… todos juntos, tan amigos y unidos por un polvoriento trozo de tiza que los mantenía uniformados del mismo color
Por la mañana, después de librar con su madre la batalla diaria del desayuno, cogía sus bártulos y corría hacia el colegio dando un pequeño rodeo. Al llegar a una casita con un jardín primorosamente cuidado, se escondía detrás de un seto cercano y esperaba. Al poco tiempo salía ella.
Aquella mañana la esperó como siempre. “¡Ahí está! -- pensó -- Cada día más guapa. Hoy lleva esos vaqueros ajustados que me gustan tanto y lleva una camiseta nueva. ¿Por qué la llevará? La de todos los días le queda muy bien”.
Se acercó a ella y trató de decir algo original y seductor, y al final se decantó por un acelerado “¡Hola!” que fue contestado con todo desinterés. Ella le preguntó secamente: “¿De dónde vienes?”. “De mi casa”, contestó él. La chica continuó sarcástica: “¿Te has mudado de casa? Por aquí no se viene de la casa donde vivías ayer”. Él respondió: “Me gusta venir dando un rodeo”. “Pues menos rodeos y más estudiar, que este año vas muy flojito. Siempre que te miro estás en las nubes y no atiendes nada a mis explicaciones. La última redacción que me entregaste da pena. Como sigas así voy a tener que hablar con tus padres”. Él pensó que ese era el momento de contarle lo que le ocurría. Seguro que lo comprendería y tal vez le diera alguna esperanza.
“Verá usted, señorita Juani, el caso es que yo siento algo muy raro que me aprieta fuerte en el estómago cuando la miro a usted, y eso no me deja atender ni estudiar ni comer ni casi dormir. Se lo he contado a mi hermano, que es mayor, y me ha dicho que estoy enamorado. Usted cree que…”. No pudo seguir hablando. Apareció en la esquina el boticario, que era un tipo estúpido, siempre hablando y diciendo tonterías a las chicas. La señorita Juani sonrió de oreja a oreja cuando vio al lechuguino, se estiró la camiseta y presentó armas como si se tratara de un desfile militar.
Con un par de saltitos alcanzó al boticario, río con esa risa cantarina que al chico le gustaba tanto y los dos se fueron tan contentos, no sin antes volver ella la cabeza y espetarle a bocajarro: “No te entretengas más y repasa un poco antes de que empiece la clase”.
El pobre chico se sintió fatal. La autoestima por el suelo, humillado hasta las orejas y una profunda desilusión en su alma. Pero ¿qué clase de mujer era aquella? No cabía duda de que se había enamorado de una bruja perversa que ahora escucharía embobada la cháchara del boticario.
Decidió no ir ese día al colegio. Regresó a casa y, aprovechando las preocupaciones de su madre, se quejó de flojera y dolor de cabeza. Lo metieron en la cama y le hicieron tomar un vaso de leche con un trozo de bizcocho, pues para su madre todo se arreglaba comiendo. Luego le dejaron descansar, encamado y alicaído.
Poco a poco se fue sintiendo mejor. Se levantó y sacó la tiza rosa de la caja de los cromos, los cuales lavó cuidadosamente. La tiza la trituró como pudo y la tiró por el retrete, que después de un esmerado trabajo con la escobilla quedó impoluto. Se lavó las manos con un cepillo, y tras fuertes restregones quedaron libres del color maldito.
“Nunca más me enamoraré – decidió tajante -- Esto del amor es un cuento. Nada más que un cuento. El futbol sí que es divertido” |
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