* Los pensamientos de Sylvia *
Suben y bajan. Giran, bailan y se agrupan entrechocando animadamente. Son mis pensamientos jugando dentro de mi cabeza. Los hay blancos, rojos, verdes y azules.
Yo los contemplo asombrada y en ocasiones fascinada por la velocidad a la que se reproducen partiendo de una idea insignificante, y esa observación me resulta cada vez más interesante.
En ocasiones necesito o simplemente deseo conectar con uno determinado, bien sea un nombre olvidado, un lugar donde alguna vez estuve o una persona a la que no logro ponerle cara, y entonces empieza el juego.
Ellos dan el primer paso. Se reúnen como un espeso bloque alrededor del pensamiento deseado y no me permiten encontrarlo, y cuanto más lo intento más espeso se hace el grupo.
Yo me impaciento y ellos, silbando disimuladamente, se hacen los desentendidos. Entonces yo entro en el juego y doy el segundo paso. Hago que me olvido, abro algún libro, canturreo y espero mi oportunidad para volver a atacar. Parece que han bajado la guardia y vuelvo a la carga, esta vez con más brío, pero es inútil.
Mis pensamientos son como peces que resbalosos se escurren entre las manos, como figuras de aire que se desvanecen poco a poco hasta desaparecer por completo. Entonces abandono el juego seguida de unas risitas contenidas dentro de mi mente y les espeto un “¡gamberros!” que me hace reír a mí.
Este juego entre mi mente y yo lo practico hace algún tiempo y lo encuentro divertido y satisfactorio, y os diré por qué.
Lo hago siempre convencida de que al cabo de un rato, todo lo más al día siguiente, mis pensamientos, en premio a mi paciencia y animados por mi interés, ponen en la puerta de salida al que había sido elegido por mí y puedo disfrutarlo intensamente, pues viene acompañado de algunos otros colegas que también me son conocidos y que ni en sueños hubiera esperado recuperar.
En mis ratos de meditación, cuando mi mente me lo permite, he caído en la cuenta de que las personas empezamos a envejecer cuando dejamos de jugar, perdemos la agilidad cuando dejamos de bailar y de saltar, y nos volvemos enfermizas cuando dejamos de reír. Y ¿por qué lo hacemos?
Creo que, además de los posibles condicionantes de la edad, se trata de un patrón previamente establecido por las sociedades de todos los tiempos, que cuando haces algo espontáneo e inesperado te llama al orden al grito de “¡Van a decir que estás loca!”
Pues bien: Estemos locos de vez en cuando, salgámonos del patrón tipo, hagamos proyectos disparatados para variar, y si hay algún loco o loca valiente… que nos siga.
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario