martes, 8 de mayo de 2012

La doncella diligente

* La doncella diligente *
Viejas leyendas de la Luna llena

          ¡Zapatero a tus zapatos!- cantó el gato.
          Son zapatos de oro y plata- maulló la gata.
          Los del rey, de cuero fino- dijo un minino.
          ¡Valla pandilla gatuna!- rió la luna.
          Cuando la luna reía, los duendes bailaban, Sevilla dormía.


          Allá por el año 1526 del Señor, ocurrió en Sevilla un hecho muy sonado. El rey Don Carlos el primero, nieto de los Reyes Católicos, contrajo nupcias con su bella prima Isabel de Portugal.

          Desde su primer encuentro, poco tiempo atrás, los dos jóvenes habían quedado prendados el uno del otro y cuando por fin se produjo su unión en Sevilla, parecían radiantes de gozo. Una vez acabado el banquete nupcial, Don Carlos, presuroso, se levantó de la mesa y salió del salón dando el brazo a su flamante esposa, quien con las mejillas arreboladas por una mezcla de pudor y pasión, apenas podía contener el temblor de su cuerpo.

          Cogidos del brazo, subieron la gran escalera que conducía a los aposentos reales del Alcázar y, al llegar casi al último escalón, Isabel se pisó la gran falda de seda y brocado y dio un tropezón que casi derrumba su bella figura, si no hubiera sido porque su esposo acertó a sujetarla y todo quedó en un pequeño susto. El único daño fue el tacón de uno de los lindos chapines que llevaba la joven reina, que resultó partido por la mitad.

          La dama hizo un mohín de disgusto, ya que aquellos chapines de raso color malva, bordados en oro y plata, habían sido uno de los caprichos escogidos muy especialmente para su ajuar. El rey, entregando el zapato a su ayuda de cámara, le ordenó tajante: “Lo quiero arreglado a primera hora de la mañana, pues partiremos temprano hacia Granada”. Después, mirando a su esposa con ternura, la tomó delicadamente en sus brazos y se dirigió a la gran alcoba nupcial.

          El ayuda de cámara se encontró, pues, con el lindo zapatito entre las manos sin saber muy bien qué hacer con él. En aquel momento apareció una doncella que salía de una de las habitaciones de las damas de la reina, portando un calienta-camas. El ayudante del rey vio su salvación y, dirigiéndose a la muchacha, le dijo imperioso: “Este zapato de la reina se ha roto y debe de estar arreglado a la salida del sol. Ocúpate de ello”. Y sin dar opción a una respuesta desapareció por los pasillos.

          Lucrecia, que así se llamaba la joven doncella, miró el zapato sin inmutarse y se dijo para sí: “¡Qué lindos chapines! ¡Quién tuviera unos iguales!”
Con el zapato y el calentador en las manos, voló escaleras abajo y se perdió en un laberinto de pasadizos que llevaban a las cocinas del Alcázar.
“¿Qué se le ofrece a la linda Lucrecia?” -exclamó al verla uno de los cocineros del palacio. “Si viene buscando a su amado, lo encontrará echando un sueñecito dentro de esa alhacena. La joven abrió la alhacena y, zarandeando al durmiente, le grito: “¡Despierta, Enrique! Tenemos que ir a toda prisa al taller de maese Bernardo, pues la señora reina necesita de sus servicios”.

          Una vez enterado del problema, el muchacho corrió detrás de Lucrecia, quien con el zapato envuelto en su delantal, volaba delante de él. Cruzaron calles, plazas y callejones, iluminados por una espléndida luna llena que, como siempre, estaba alerta a lo que ocurría en las noches de su amada ciudad. Llegaron al taller de maese Bernardo, el mejor zapatero remendón de Sevilla, quien inmediatamente se puso manos a la obra.
En poco tiempo, el chapín estuvo primorosamente arreglado y los jóvenes de vuelta al Alcázar con su misión cumplida.

          Cuenta la leyenda que, cuando doña Isabel fue informada de tanto afán en su trabajo, quiso conocer a la doncellita, y una vez en su presencia, en agradecimiento, regaló a la joven una de sus valiosas sortijas, diciéndole complacida: “Por Dios que si todas las españolas son igual de diligentes que tú, nunca habrá habido en el mundo reina mejor servida. Toma este anillo como recuerdo mío, y llévalo en tus esponsales”.

          Lucrecia, gozosa y algo avergonzada, tomó la joya que le ofrecía la reina, y atinó a balbucir: “Mil gracias mi señora, así lo haré y lo guardaré toda mi vida como el tesoro más valioso. Que Dios os proteja siempre, a vos y a mi señor don Carlos”. Y caminando hacia atrás, como había visto hacer a los nobles de la Corte, salió de la cámara real.

          “¿Y qué fue de aquella noble reina?”, -preguntó una joven estrella que escuchaba embobada el relato de la luna. La dama de plata permaneció unos minutos en silencio y respondió severamente: “Esa no ha sido una buena pregunta, porque no me gusta contar relatos tristes”. Así, dio por acabada su leyenda y, enfurruñada, se escondió detrás de una nube.

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