lunes, 28 de mayo de 2012

El conferenciante

* El conferenciante *

          El pueblo tenía nuevo alcalde.

          La pugna entre Francisco y Julián había sido reñida, pero al final ganó el que tenía que ganar. Francisco era un hombre de mundo. No en vano había estado en Alemania trabajando en el ramo de la construcción, y aquellos años en el extranjero habían abierto su mente, y en una ocasión también le habían abierto la cabeza, ya que se cayó de un andamio a una más que regular altura.

          A esta formación mundana se unía el hecho de que hablaba correctamente el “aleñol”. Como alguno de mis posibles lectores no tendrán ni idea de lo que es esto, les diré que el “aleñol” fue una especie de dialecto que se formó en los centros de reunión donde españoles y alemanas acudían para hacer amistades. Ellos, los españoles, buscaban ampliar sus conocimientos de anatomía, y ellas, las alemanas, acudían básicamente por la tortilla de patata.

          Pues bien, ya tenemos a Francisco ejerciendo de alcalde y con unas ganas enormes de catapultar a sus vecinos hacia el progreso, y como primera providencia planeó un ciclo de conferencias que pusieran un poco de luz en sus mentes, alguna de las cuales no tenía ni una pequeña claraboya.

          Dándole vueltas a los posibles temas a tratar, decidió empezar por la Sanidad, ya que entre aquellos infelices había quien seguía curándose las heridas con telarañas de la cuadra.

          Decidió visitar al alcalde de un pueblo cercano, quien había sido compañero de andamio en Berlín. Se llamaba Pedro, pero sus vecinos le conocían por “Pedrusco”, no porque descendiera de rusos sino porque tenía la cabeza más dura de aquellos contornos. Francisco informó a su amigo de sus planes para culturizar al personal y le preguntó si sabía de alguien que pudiera servirle para tal fin. “Pedrusco” alabó la idea y le dijo que tenía la persona adecuada. Conocía a un antiguo practicante muy eficaz en su trabajo pero que con la martingala de las oposiciones se había quedado fuera de la Sanidad Pública. Nuestro alcalde dio el tema por solucionado y decidió ponerse al habla con el practicante.

          En pocos días estuvo todo preparado. Se anunció a bombo y platillo la venida de un conferenciante para dar una charla sobre “Salud al día”, que así quiso titularla el alcalde. Se invitó a las fuerzas fácticas de los alrededores y, por dar algo de colorido al asunto, se colgaron banderitas y cadenetas con una profusión que aquello parecía la segunda parte de “Bien venido Mr. Marshall”.

          El día señalado, a la hora prevista, medio pueblo estaba acomodado en el salón de reuniones del Ayuntamiento. El otro medio, gente inmovilista y anclados en el pasado, estaban en el bar de Tomás viendo un partido de fútbol y agarrados a una cerveza.

          Apareció el conferenciante, y la gente, estimulados por su alcalde, aplaudieron cortésmente. La charla tocó diversos temas, de algunos de los cuales nadie se enteró, pero al llegar al capítulo de “Atención primaria a un herido”, todos escucharon con gran interés, puesto que en aquel pueblo de labor ocurrían accidentes de trabajo y no tenían ni médico ni practicante a quien acudir de inmediato. Hablaron de cuáles eran las averías más comunes y se les explicó cómo ayudarse unos a otros.

          Ya casi al final de la charla alguien comentó que allí la mayoría de los casos eran cortes con las hoces y otros instrumentos de labranza, a lo que el conferenciante contestó: “Para esos problemas, si no tenéis un sanitario a mano, id a la cuadra y arrancad una buena telaraña. Os aseguro que para cerrar heridas no hay nada mejor".

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