* Como el aroma del nardo *
- Viejas leyendas de la Luna llena -
A la media luna, a la luna entera.
A la dulce luna, a la luna llena.
¿Dónde vas tan blanca?, preguntó una estrella.
Vuelo hacia Sevilla porque allí me esperan.
Apareció en el cielo, grande, rotunda, argentina, majestuosa.
Hacía pocos días se había producido esa maravillosa conjunción que se da dos veces al año y que los antiguos sabios dieron en llamar “equinoccio”. Por fin acababa el invierno y la primavera se prometía templada y luminosa.
Ella, la luna, tenía como misión en el universo dar vueltas y vueltas alrededor de un pequeño planeta llamado Tierra situado en su misma galaxia y, en su eterno viaje espacial, veía desde su atalaya tantas maravillas que le era imposible enumerarlas. Pero llegando aquel tiempo del año, atraída por una llamada cálida y poderosa, se dirigía, irremediablemente, hacia un pequeño punto de su planeta al que los hombres de ahora llaman “Sevilla”.
La reina de la noche había seguido paso a paso la historia de aquel lugar poblado, de tiempo en tiempo, por diferentes pueblos, diferentes culturas y diferentes religiones. Para todos ellos había brillado o se había oscurecido, según las circunstancias pero, por encima de sus gentes, ella había amado siempre aquella ciudad.
Su lugar favorito era una pequeña plazuela, apenas perceptible hasta que no se estaba dentro de ella. Un crucero, algún árbol y poco más. Pero la luna había conocido aquel rincón cuando formaba parte del bello huerto de un convento. Allí, entre hortalizas y frutales, las monjas trabajaban la tierra y, en sus horas de ocio, se recreaban cuidando sus flores, especialmente sus varas de nardo que, en algún momento, irían a perfumar el pequeño sagrario de plata de la capilla donde el Esposo tenía su morada.
En cierto tiempo de la historia hubo en aquel convento una monja muy especial. Su nombre religioso fue Sor María del Valle, pero en el mundo había sido Doña Jimena Infantes de Riofrío, viuda de un conde de escaso brillo en la Corte debido a su vida ligera y libertina. La dama se había casado locamente enamorada de aquel hombre, diciéndose a sí misma eso que todas las mujeres se dicen al descubrir los defectos del hombre que aman: “Cuando nos casemos cambiará”. ¡Triste ingenuidad! Agotada la pasión de los primeros tiempos, el conde volvió a su vida de siempre, ahora, si cabe, aún más escandalosa. Su esposa, abandonada y sin hijos que alegraran su dolor, se volcó por entero en sus devociones y actos de piedad.
Quedó pronto viuda ya que la frágil salud de su esposo, unido a su mala vida, le empujaron prematuramente al panteón donde le esperaban sus mayores. Muerto el conde, doña Jimena se deshizo de todas sus propiedades entregándolas como dote al convento donde ingresó para ser una religiosa más de las que formaban aquella comunidad. A partir de entonces, sus oraciones fueron siempre ofrecidas por el alma de su esposo, suponiendo que aquello podría calmar la justa ira divina y librarle de las llamas del infierno.
Su lugar favorito para la oración era un rincón del huerto, plácido y recoleto, donde, además de rezar, se permitía llorar amargamente su infortunio. Allí, junto al limonero que sombreaba aquel rincón, se pasaba horas y horas extasiada en sus devotos pensamientos.
Ocurrió un día que la Madre Superiora notó su ausencia y en su búsqueda se dirigió hacia el huerto. Allí la vio y, acercándose, le dijo con respeto pero con firmeza: “Hermana María del Valle, este no es lugar para la oración. Para eso está la capilla. Le ruego acate las reglas de la Comunidad o me dará mal ejemplo a sus compañeras”.
La monja se disculpó como pudo y a partir de entonces volvió a la pequeña iglesia del convento. Pero, pasados unos días, observó que allí le era imposible concentrarse: se perdía en el canto armonioso de las monjas, se perdía entre el exuberante barroco de las capillas, se perdía contemplando las bellas filigranas de encaje del paño del altar, se perdía, en fin, en el vuelo de una mosca que cruzara delante de ella. Así que, con cautela, volvió a su querido rincón del huerto y junto a su amigo el limonero, sintió de nuevo su alma en comunión con su Creador.
Una noche en que la luna llena alcanzaba su vertical sobre Sevilla, al mirar hacia aquel bello rincón, la dama de plata contempló algo tan irreal como maravilloso: Sor María del Valle salió por una pequeña puerta trasera, se dirigió hacia su rincón del huerto y una vez allí, las ramas del limonero descendieron hasta el suelo de forma que la monja quedó oculta dentro de un fanal hermoso y perfumado.
Cuenta la leyenda que este prodigio se repetía todas las noches de luna llena, hasta que una mañana, Sor María del Valle fue echada de menos en su celda. Se la buscó por todo el convento, incluso en el huerto, y allí la encontraron, dormida debajo de su querido árbol. En su cara había una sonrisa hermosa y enigmática. Por fin su éxtasis la había conducido a la felicidad y su alma, como los nardos del sagrario, perfumaría eternamente las moradas de su Señor.
La luna seguía dando vueltas y vueltas narrando sus leyendas a las estrellas que quisieran escucharlas. |
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