* Perdida en el presente *
No sé por qué, siento una extraña necesidad de poner sobre el papel una explicación que justifique mi vuelta a la literatura y mi enorme satisfacción por haberme lanzado a ello, y me dispongo a hacerlo.
Esta afición mía por la escritura me llegó a muy temprana edad. Me atrevía con todo: poesía, teatro y cuentos más o menos románticos que a mí me parecían bastante buenos, aunque generalmente acababan en la papelera. Me encantaba inventarme pseudónimos, todos ellos cursilísimos, que yo pensaba que añadían encanto y misterio a la narración. Pero no cabe duda de que ya en ese tiempo en el que, como he dicho, era una niña, aprendí inconscientemente a disfrutar de la creación por la creación misma, sin ningún propósito, sin ninguna utilidad posterior, simplemente por el placer que me proporcionaba y la pasión que ponía en ello.
Más tarde, en los años del Bachillerato, tuve el privilegio de dar con un profesor de literatura realmente excepcional y fue él quien me enseñó a descubrir y a amar la maravilla de las maravillas: las palabras. Decía mi admirado D. Gerardo que teníamos la inmensa suerte de poseer el idioma más rico y armonioso del mundo y que llevábamos entre las manos un tesoro único para dar forma a nuestros pensamientos, vivencias y, también, cómo no, a nuestras más ambiciosas creaciones literarias. Este tesoro, añadía, debía ser defendido de cualquier ataque y ser tratado con la máxima delicadeza y respeto.
Esos años y esas clases fueron impagables para mí. Pero, lo que son las cosas, mis caminos se desviaron totalmente de la literatura. No soplaban en España vientos literarios o quizá mi afición no era lo bastante sólida como para dedicar mi vida a ella.
Al cabo de un tiempo me casé y, tratando de ser “La perfecta casada” de fray Luis, me convertí en “La ilustre fregona” de D. Miguel. Esto, dicho en tono de broma, puede sonar exagerado y deprimente, pero no lo es. La línea que separa un personaje de otro es tan fina que la mayoría de las jóvenes casadas de aquel tiempo acabábamos cruzándola a tumba abierta y sin remisión.
Pasaron años de crianza de hijos, cuidados de padres y labores domésticas, y cuando al fin recobré un poco de la libertad perdida, mi mente me apremió inquisitiva: “¿Por dónde íbamos, Sylvia?” Y yo me encontré sin saber qué responder. Estaba perdida en el presente y no encontraba el camino de regreso al pasado.
Desafortunadamente, a raíz de un grave contratiempo físico, mi vida tuvo que dar un cambio radical. Pensé que no podría nunca salir de aquello, pero pasados unos meses saqué fuerzas para embarcarme en unas clases de creación literaria, así como también me uní a un taller de teatro. Mis ojos, que habían quedado un tanto maltrechos, vieron de nuevo la luz de la ilusión y la alegría perdidas. Emprendí dos actividades apasionantes. Una de ellas me devolvió a mis tiempos de estudiante, cuando quería ser una gran escritora, y la otra, nueva para mí, me resultó divertida y gratificante.
En ambos grupos conocí a gente maravillosa que compartían mis mismos intereses y que hicieron que mi vida se llenara de nuevas ideas y descubrimientos. Y de este modo llegué al día de hoy.
Desde aquí quiero dar las gracias a mis compañeros de ambas clases por su amable acogida y, cómo no, a mis profesores que, en un derroche de paciencia y buen humor, nos transmiten sus conocimientos y nos regalan su afecto.
Os quiero a todos. |
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