jueves, 5 de enero de 2012

Misterio

* Misterio *

          La noche había caído sobre el pueblo con un manto de húmeda niebla, creando una oscuridad que el escaso alumbrado de las calles trataba de paliar sin conseguirlo.

          Era una de esas noches de misterio que en las películas de terror nos preparan para los trágicos acontecimientos a devenir. No se veía un alma por el pueblo; sólo en la plaza, el bar de Paco daba cobijo a algunos clientes que no se resignaban a pasar un día sin su tertulia o su partida de cartas.

          Paco, soltero recalcitrante, vivía con su madre a las afueras del pueblo y era ella quien llevaba la casa y el cuidado de su hijo, pues, aunque ya anciana, gozaba de muy buena salud y rebosaba energía.

          La noche que nos ocupa, la madre de Paco se había recogido temprano. Después de cenar, se sentó un rato al brasero con su labor y su aparato de radio. Pronto sintió sueño y sabiendo que su hijo regresaba tarde del bar, dio por terminada la jornada, apagó las luces y se acostó.

          Sobre una hora más tarde, una sombra pegada a las paredes de la casa se deslizó sigilosamente hacia la parte trasera. Había allí un pequeño huerto que hacía las delicias de Paco en sus ratos libres y que estaba comunicado con la casa por una pequeña puerta que no se cerraba nunca con llave. El intruso lo sabía muy bien y también conocía la casa palmo a palmo, así que, una vez dentro, se dirigió a las habitaciones de arriba, a donde sabía que se guardaba el dinero.

          La anciana, quien aún no se había dormido, sintió ruidos extraños y, vestida con su larga camisola blanca y armada con su orinal de porcelana, salió de la habitación en el momento en que el infeliz ladrón subía la escalera. La pobre mujer tropezó con algo y salió disparada escaleras abajo, orinal incluido, encima del intruso.

          Tres alaridos, casi inhumanos, estremecieron el pueblo. Uno, el del ladrón, quien inesperadamente recibió encima aquella figura fantasmagórica, además de un orinalazo en la cabeza. Otro, el de la anciana, quien cayó de bruces escaleras abajo con algo enredado entre sus piernas. El tercero fue del gato, que agarrado con uñas y dientes al camisón de su dueña, se vio volando por los aires, haciendo mentalmente y a toda prisa la cuenta de las vidas que ya había gastado.

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