* La Niña de “Castilla” *
- Para mi nieto David -
La niña se inclinó hacia el caldero que colgaba sobre el lar.
La sopa humeaba ya y entre el vapor podían verse flotando trozos de verduras y algunos huesos que su padre conseguía, sabe Dios cómo y dónde. Lo removió todo y volvió a la desvencijada silla pegada a la pared de donde se había levantado.
Por encima de ella y a través de un ventanuco, se dibujaba un trozo de cielo azul profundamente luminoso. “Será medio día” pensó. Sabía que a esa hora su padre y sus hermanos paraban la faena en el pobre pedazo de tierra que labraban, rezaban el Ángelus y sacaban los trozos de pan y queso y el cantarillo de agua que ella les había preparado. Se quitaban los sombreros de paja, miraban al cielo, se secaban el sudor y comían en silencio el frugal almuerzo. Después, un trago de agua recalentada por un sol inclemente y vuelta al trabajo, tratando de sacarle a aquella tierra dura y áspera lo poco que pudiera darles.
Ella había sido la última de los hijos, y su vida se llevó la vida de su madre, por lo que desde muy pequeña tuvo que hacerse cargo de la casa mientras que su padre y sus hermanos, casi niños como ella, trabajaban el campo.
La niña no puede comprender cómo ellos se conforman con esa vida. Si ella hubiera nacido hombre ya habría volado de allí. Habría marchado a la corte, trabajando en lo que fuera o habría sido mendigo antes de perder la vida allí, bajo el crudo frío invernal o el tórrido verano, siempre pasando hambre y penalidades. Se alistaría como soldado en las milicias del rey y destacaría tanto por su valentía que llegaría a formar parte de las mejores tropas al mando del capitán más valiente del reino.
Pero al llegar a esta parte gloriosa, su sueño se interrumpe bruscamente y una sombra de tristeza nubla sus ojos claros. De ese capitán noble y valeroso se dice que ha caído en desgracia por asuntos muy principales y que el rey le ha negado su favor y su amistad hasta el punto de condenar a quien le preste ayuda.
Vuelve de nuevo al caldero. La sopa parece en su punto y, aunque nada apetitosa, ella sabe que cuando llegue la noche y vuelvan los hombres, darán buena cuenta de ella. ¡Qué largos son los días de verano! ¡Cuanta vida desperdiciada!
La niña regresa al ventanuco y ve a lo lejos una nube de polvo que se acerca despacio. Quiere adivinar de qué se trata, pero el sol llaga sus ojos y solo ve figuras confusas. Temerosa cierra el postigo y espera tensa. Al poco tiempo oye cascos de caballos que se acercan a la casa. Se paran y algo duro golpea la destartalada puerta de madera. La niña calla. Insisten los golpes y la curiosidad puede con ella. Asustada entreabre el portillo y no da crédito a sus ojos. Allí, a la puerta de su casa, orgulloso y magnífico, está el capitán de sus sueños acompañado de sus amigos más leales. Conmovida asoma la cabeza y le dice en un sollozo:
“Pasa de largo, mi buen caballero, o me faltará el valor y te abriré mi casa, te ofreceré refugio y mi padre y mis hermanos pagarán las consecuencias. Si yo fuera un muchacho te seguiría andando detrás de tu caballo a donde tú quisieras conducirme, pero soy sólo una niña y mi familia me necesita. No nos hagas esto, por Dios te lo ruego. Ten piedad de nosotros”
El caballero la escucha en silencio y mirando a sus hombres, de su boca salen dos únicas palabras: “¡En marcha!”. La niña, entre lágrimas, los ve alejarse y perderse bajo un sol abrasador.
“El ciego sol, la sed y la fatiga
por la terrible estepa castellana,
al destierro con doce de los suyos,
polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.”
(“Castilla” de Manuel Machado)
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