jueves, 15 de marzo de 2012

Laura

* Laura *

           Me encontraba sentado delante de mi vieja máquina de escribir. Una reliquia, según decían mis hijos, o un fetiche, según mi propio criterio. En el rodillo, una hoja en blanco me contemplaba apremiante y malhumorada y yo la miraba con cara de bobo, supongo, sin la más ligera idea que trasladar al papel. Por la ventana abierta, septiembre empezaba a “octubrear”, y un viento, que era más que brisa, movía los visillos acompasadamente.

          Me sentía completamente seco de inspiración y decidí dar un paseo por el parque contiguo a mi casa y de paso sacar al perro a dar su vueltecita vespertina. Cogí la correa de Juba, quien al ponérsela, me miró ladeando su enorme cabezota negra en un gracioso gesto que yo sabía de incomprensión. No era su hora habitual. No obstante, me siguió complacido moviendo el rabo animadamente. “¡Voy a dar una vuelta y me llevo al perro!” -grité hacia el interior de la casa. “¿Tan pronto?” -fue la respuesta. Cerré la puerta detrás de mí sin contestar. Más tarde le daría la explicación.

          Crucé la calle, entré en el parque y me senté en un banco cercano a la puerta, no sin antes soltar a Juba para que disfrutara de un rato de libertad. Me sentía desanimado y, lo que es peor, temeroso de que en mi mente se hubieran agotado las ideas. Había escrito dos novelas que se vendieron bien, pero soñaba con esa gran obra que se supone que todo escritor lleva dentro y que, en mi caso, parecía no existir en absoluto.

          Paseando mis ojos por el parque buscaba un motivo de inspiración que fuera mi punto de partida para empezar de nuevo a escribir, pero todo fue inútil. Abandoné mi búsqueda y me dediqué simplemente a vivir la tarde.

          En un momento determinado me pareció escuchar una llamada de “¡Taxi!” a la que no presté gran atención. Pero al poco, el ruido de un coche y un frenazo me hicieron mirar hacia la calle. Efectivamente, un taxi había parado frente a la puerta del parque y una persona, sin duda una mujer, entró en él.

          Fue un gesto tan rápido que apenas pude ver nada, salvo una larga y bonita pierna acabada en un zapato de fino tacón. También me pareció percibir que al entrar la mujer en el coche, algo había caído al suelo. En dos zancadas llegué hasta el lugar donde había parado el taxi y, efectivamente, encontré un pañuelo blanco de un tejido sumamente delicado. En una esquina del pañuelo y con una primorosa artesanía estaba bordada la letra “L”.

          Volví a mi banco con el pañuelo entre las manos y empecé a analizarlo.

          “L”. La dueña del pañuelo y de la pierna que me deslumbró se tenía que llamar “Laura”. No podía ser otro nombre. Aquel pañuelo y aquella pierna pertenecían a una “Laura”. Palpé y olí aquel pedazo de tela durante un buen rato y hasta la brisa de la tarde me insistió en el nombre: “Laura, Laura…”

          En mi mente se dibujó la mujer completa: esbelta, de melena castaña, ojos grises, manos finas, cuerpo proporcionado y larguísimas piernas. También se me ocurrieron varios motivos para su prisa en tomar el taxi: una cita clandestina, un fracaso amoroso, tal vez un delito pasional. Poco a poco, “Laura” y su vida fueron tomando cuerpo en mi mente. ¡Había encontrado un tema para empezar a escribir!

          Llegó la noche y decidí volver a casa. Sabía que Carmen, mi mujer, estaría inquieta. Cuando entré en el piso salió a recibirme con cara de preocupación. “Pero, ¿dónde estabas? Te llamé al móvil y, como siempre, no lo llevabas. Me acordé de que teníamos que recoger de la tintorería tu chaqueta para la boda de mañana y, al no localizarte, bajé deprisa y menos mal que encontré un taxi en la puerta del parque, que si no…”. Sorprendido me dije: “No puede ser” , y apreté en mi mano el pañuelo de “Laura” que llevaba en el bolsillo. No permitiría que se rompiera el hechizo.

          Carmen continuó parloteando: “Pero, fíjate qué disgusto, he perdido un pañuelo”. El corazón me dio un vuelco y repetí para mí mismo: “¡No-puede-ser!”. Cautamente le argumenté: “No creo que perder un pañuelo sea motivo de disgusto”. “Verás -me contestó ella-, ese pañuelo no era mío sino de mi hermana Luisa que me lo dejó un día que salimos. Y es una pena porque era antiguo, de una batista finísima con su inicial bordada. Trataré de encontrarle otro parecido”

          Me sentí totalmente paralizado, como si acabaran de atracarme y me hubieran robado algo muy valioso, y tardé un buen rato en superar la tristeza de saber que “Laura” y sus circunstancias habían dejado de existir.

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