martes, 10 de enero de 2012

Un baúl del siglo diecinueve

* Un baúl del siglo diecinueve *

          Por fin he tenido tiempo. Y ganas. Y valor.

          Sin pensarlo mucho, casi con la prisa con que se agarra algo que puede escapar en cualquier momento, me he sentado delante del viejo baúl que fue de mis abuelos antes que de mis padres.

          Siempre temía esta tarea, recomendable cada cierto tiempo, y la iba demorando hasta que un día sentía un impulso que, inconscientemente, me obligaba a hacerla ya. Hoy ha sido uno de esos días. Lentamente, como quien trata de hacer que no se hace, he abierto el baúl.

          Lo primero que veo es el reverso de su tapa forrada con un “moaré” de flores azules, desvaído y deshilachado. Después… ¡cuántos aromas han salido de allí! Aromas de cosas queridas, de prendas escogidas con esmero y lucidas con felicidad, abanicos de país casi perdido, viejas fotografías de gentes que, algunas, formaron parte de mi vida, que me amaron tanto y que cuando se fueron, un jirón de mí misma se fue con ellos.

          Retiro un papel de seda y aparece el tul amarillento de un vestido de “puesta de largo”. ¿Qué es lo que se alargaba? ¿El tamaño de la jaula? Aparece una caja llena de guantes de cabritilla de varios colores que se adivinan entre las manchas de humedad. Aquellos guantes impedían el contacto con otras manos queridas.

          Aparece un juego de novia: hilo, bordados y encajes manchados con el óxido del tiempo pero aun bellos, muy bellos. Aquellas sábanas se habían adornado con encajes hechos de sueños y se habían bordado con hilos de ilusión y de esperanza. ¿A dónde se fueron aquellos sueños e ilusiones? Tan solo permanecería la esperanza que nos acompaña durante toda la vida, y que es la que nos anima a abrir los ojos cada mañana.

          Sigo con mi tarea. Velos antiguos, mantones, alguna prenda de bebé y un pequeño ramillete de violetas de tela que en su tiempo fueron perfumadas y que aún conservan un resto de aquella fragancia.

          Me queda un buen rato de trabajo, pero ya no me importa. Se ha roto el miedo a la nostalgia. Me relajo, respiro con deleite y me empapo de toda aquella felicidad pasada que, por un momento, vuelve a brillar solo para mí.

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